PROVOCATIO: “Normalidad”: Te fuiste para no volver

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La empresa tradicional y, sobre todo, el ambiente y condiciones laborales que conocimos, murieron en 2020. Tampoco se debe idealizar el pasado como apacible, armonioso y favorable al trabajador, porque sabemos que, en un país como Guatemala, sobre todo, las condiciones laborales siempre han sido precapitalistas y oprobiosas, en la mayoría de los casos.

José Alfredo Calderón E.

Historiador y analista político

A pesar de los hechos que indican lo contrario, mucha gente sigue añorando el retorno a una normalidad que se fue para no volver. En muchos casos no se debe a ignorancia, sino que el ser humano tiende a aferrarse a zonas de confort y aunque la evidencia marche en contra, la gente apela al “se vale soñar”.

En el plano más profundo, la mayoría no se percata que los efectos de la pandemia, más allá de los temas técnicos y sanitarios, trajo consigo un enriquecimiento vertiginoso para los más ricos y las nuevas condiciones resultantes de la nueva normalidad, también actuarán a favor de las élites. Conviene pues, saber al menos cuáles son los escenarios que nos esperan y saber actuar en consecuencia.

La humanidad desea volver a socializar con los familiares, compañeros/as de trabajo, amigos, colegas, vecinos, pero el trabajo a distancia llegó para quedarse. Aunque algunos lo bendicen, la mayoría ya empezó a darse cuenta de las implicaciones no tan fácilmente perceptibles.

La mezcla de trabajo y hogar no es buena, máxime en viviendas donde los ambientes son muy limitados y la presencia de muchas personas hacen imposible concentrarse. Por otra parte, está comprobado que las jornadas laborales se incrementaron drásticamente y que los patronos (y sus representantes) consideran normal enviar correos o mensajes nocturnos o madrugadores, esperando una reacción inmediata. A esto debemos agregar el consumo de energía eléctrica, el uso de celular y equipo e internet propio, así como la obtención de un óptimo servicio para cumplir con las exigencias laborales.

Al inicio, los empresarios no se habían percatado que los grandes beneficiarios serían ellos, pero pronto los números, ese juez implacable de los datos, les demostraron las maravillas del teletrabajo.  A lo ya dicho, se agregan ahorros de todo tipo: agua potable, energía, insumos de oficina y de prevención sanitaria, así como alquileres de oficinas y parqueos. También disminuyen los conflictos laborales por la ausencia física de los trabajadores.  Descubrieron además que, a cambio del beneficio que obtienen los empleados/as, ellos paulatinamente dispusieron de sus vidas al alargar las jornadas de trabajo a su antojo.  Interminables y recurrentes reuniones de Zoom, Google Meet, Team, Blackboard y otras plataformas, han sido comunes en muchos testimonios que narran lo agobiante que puede ser esta nueva modalidad.

El broche de oro de todo esto, es que el trabajador/a debe sentirse agradecido/a por el solo hecho de mantener el trabajo. El alargamiento de la jornada deviene en un mal menor y las amenazas laborales –que antes eran presenciales– se llevan a cabo ahora en forma remota, recordándole periódicamente sobre lo privilegiados que son en tiempos de pandemia.

Hay dos aspectos en los cuales no se repara: por una parte, la ausencia de concentración física en los centros laborales elimina también la posibilidad de socialización, base indispensable para la organización de los trabajadores. Por otra parte, los problemas relacionados con la salud mental se han incrementado exponencialmente, y según mediciones recientes, son los jóvenes quienes mejor han respondido a este problema, pues son los que más visitan las clínicas de psicología. Hablo de juventud de capas medias acomodadas, por supuesto, pues el resto de la población permanece siempre en el marco de carencias de todo tipo, empezando por las económicas.

Las oficinas siguen cerrando operaciones en un porcentaje altísimo y ese modelo, ahora considerado atrasado, es retomado por tecnologías disruptivas. Las constantes noticias de nuevas aplicaciones, de robots en el trabajo y de reducciones de personal, terminan por angustiar a quien mantuvo el trabajo y le han hecho creer que es un privilegiado y ¡claro que lo es!, pero la perversión que eso esconde es lo que quiero resaltar.

El impacto en el hogar ha sido devastador, no solo por el consumo de tiempo laboral dentro del propio espacio familiar, sino porque la tecnología, la energía eléctrica y otros rubros, se convirtieron en un costo que no estaba previsto. A ello agreguemos la “ausencia” del padre o de la madre (o de ambos) que termina por afectar a la niñez que no puede ir a la escuela o colegio y que demandan atención afectiva. Aunque se tenga la disponibilidad de servicio doméstico (una minoría) ¿se imaginan el efecto que causa en los niños ver que sus padres estén presentes, pero en realidad no estén?

Las constantes reuniones que ya mencioné, no solo se incrementaron, sino que, ahora, no están sujetas a una planificación (salvo casos muy puntuales) pues en cualquier momento y a cualquier hora, usted puede ser convocado y la consabida frase de “enviaremos el link 5 o 10 minutos antes de la reunión”, incrementa la ansiedad. En muchos casos, he sabido de jefes y jefas que recurren a constantes reuniones, no por necesidad profesional/laboral, sino como un medio de mantener control sobre las personas a su cargo.

Hay que saberlo de una vez por todas, la empresa tradicional y, sobre todo, el ambiente y condiciones laborales que conocimos, murieron en 2020. Tampoco se debe idealizar el pasado como apacible, armonioso y favorable al trabajador, porque sabemos que, en un país como Guatemala, sobre todo, las condiciones laborales siempre han sido precapitalistas y oprobiosas, en la mayoría de los casos. Lo único que no cambia, en esencia, es el mecanismo permanente de expoliación de la fuerza laboral.

Hay dos noticias que se explotarán en los medios con frecuencia inusual: los grandes despidos a nivel internacional y nacional, así como la necesidad que las empresas inviertan más en tecnología, derivado de las condiciones pandémicas. Ambas noticias confluyen en más angustia para quienes han logrado mantener trabajos formales pues saben que en cualquier momento pueden ser despedidos o sus labores incrementadas.  La informalidad creció, pero también el abuso laboral. Son comunes las denuncias sobre rebaja de salarios, modificación de funciones que conllevan más trabajo por el mismo salario o presiones remotas angustiantes. Esto, en el caso de empresas medianamente reguladas y que cumplen con las garantías mínimas del código de trabajo, pero es ampliamente conocido, por datos del propio Ministerio de Trabajo de Guatemala, que la mayoría de las empresas no cumplen con la afiliación al IGSS, vacaciones, salario mínimo, hora de lactancia, pago de pasivo laboral en casos de despido injusto, pago de Bono 14 y aguinaldo y un largo etcétera. Ni qué decir de los abusos en el trato diario o el acoso sexual a trabajadoras, el cual puede darse ahora por WhatsApp como denuncian varias personas, especialmente mujeres.

Añorar tiempos idos sirve para la nostalgia y para ver el árbol sin observar el bosque. La prioridad de las clases subalternas debe centrarse en cuatro puntos:

  • Idear nuevas formas de comunicación tecnológica para salvar la falta de socialización presencial en los centros de trabajo y otros espacios.
  • Compartir experiencias comunes que sirvan no solo como catarsis (muy necesaria) sino para idear formas de organización nuevas para defender los derechos humanos propios y el de nuestros pares.
  • Reflexionar sobre la importancia de la salud mental. Si no cuenta con los medios económicos para utilizar los servicios de psicólogos y psiquiatras particulares, hay diversas instituciones que involucran universidades, la Liga de Higiene Mental y otras, que pueden brindarle atención gratuita o a bajo costo.
  • Reflexionar sobre la necesidad de organizar un frente común contra lo que se viene, pues el capitalismo mostrará sus peores formas con distintas modalidades y en multiplicidad de espacios.


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