Provocatio: La generación de la guerra

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José Alfredo Calderón E.

No entraré en el combo de la discusión fútil, pero si puedo decir que, comparar el Liceo de mi época con el actual, es un despropósito. En los setenta, los hijos de las élites se repartían en muy pocos colegios y eso daba la pauta para que los clasemedieros de la zona 5, pudiéramos compartir con muchachos que ya en segundo básico llegaban en autos de lujo…

José Alfredo Calderón E.

Historiador y analista político

Recientemente se suscitó una tendencia en redes sociales a partir de una publicación del Colegio Liceo Guatemala sobre algunos de sus alumnos de la promoción 2021. Decidí no participar del juego de la feligresía tropical, por lo pobre e insulso de los devaneos de los internautas, lo cual, ya viene siendo costumbre. La situación no daría para preocuparse, pero al comprobar que “académicos” conocidos también entran en el jueguito, uno se da cuenta del verdadero drama de este bello paisaje.

Derechas e izquierdas se enfrascaron en todo tipo de comentarios. Que si el colegio es fifí o no, que si era una broma, que si fue un abuso de los hermanos maristas al exponer a los chicos, que si todos somos algo babosos a esa edad y otras joyas argumentativas de este tipo. Algunos quisieron elevar a discusión académica el tema del momento, participando de esta parafernalia permanente de mantenernos ocupados en tonterías, al extremo de normalizar la estulticia. Repito por enésima vez: ¡Nos tienen donde querían!

En esta oportunidad, solo comentaré a partir de mi estancia en dicho centro de estudios y el contexto que nos tocó vivir, lo cual, quizá, pueda dar insumos para una conversa más inteligente.

Soy egresado del Liceo Guatemala, promoción 77 y quiero comentar algunos pasajes que explican porqué los de la generación de la Guerra, somos tan diferentes a la juventud actual, que no conoció ni se interesa por el Conflicto Armado Interno –CAI– y los dramas sociales.

Yo venía de estudiar la primaria en el Colegio Capoüilliez, muy relacionado al OPUS DEI, y en donde doña Blanca de Arathoon ejercía, cual eje transversal, una educación conservadora, religiosa y muy controlada. La relación de este colegio con el Liceo era muy cercana y, al parecer, el nivel educativo y el carácter religioso encajaban en las exigencias de los hermanos maristas, a decir del hermano Antonio Ochotorena, con quien choqué en algunas ocasiones, pero mi amor por el deporte logró afinar las asperezas. Al igual que él, ambos éramos apasionados del basquetbol y del futbol.

El cambio de colegio obedeció a que no existía secundaria en el Capoüilliez y la tradición marcaba que las niñas se iban al Belga, a la Asunción o al Monte María; y los varones al Liceo o al Javier, muy pocos al Alemán o al Americano. Los padres de los menos aventajados buscaban colegios más modestos que no exigieran tanto a sus capullos.

Cuando ingresé al Liceo en primero básico, el ambiente de libertad fue lo primero que me sorprendió, pues venía de un colegio con mucho control. El hermano Ángel Carrodeguas, el famoso “Toby”, era el director. Reconozco que muchos alumnos abusaron de su libre albedrío ante la noble y permisiva gestión de aquel director.

En segundo básico pasaron dos hechos que marcaron mi vida. La primera, el cambio de director, pues las autoridades maristas centrales nombraron a Rubén Romo, a quienes los alumnos mayores apodaron “Chorizo” y quien era la antítesis de su antecesor. Rígido y poco complaciente, el colectivo estudiantil lo resintió (incluso algunos docentes).

El otro hecho relevante sucedió con el profesor de Ciencias Naturales, José de Jesús Cuadrado (el hermano Chus) quien un día llevó una grabadora (algo inusual en esa materia) y nos dijo secamente: “Pongan atención, mucha atención a esta canción”. Acto seguido, escuchamos por primera vez el género de música llamado “de protesta”. Era Casas de Cartóndel Grupo Comanche de Guatemala. Luego conoceríamos la versión de los Guaraguao de Venezuela, quienes marcaron un hito en América Latina con sus canciones de denuncia social y política.

Este escribiente, que solía asolar a directores y profesores con su comportamiento, pero que siempre se salvaba porque le gustaba estudiar, pasó a interesarse en las cuestiones sociales y la literatura, pues además de ese suceso en la clase del hermano Chus, tuve la dicha de aprender mucho de Eduardo Alburez, el hermano Guayito, y también del enojado hermano Goyo (Gregorio Izquierdo) quien diseñó e implementó el programa social en La Limonada, un asentamiento de la zona 5, mediante el cual, uno no podía ser promovido a 5º. Bachillerato si antes no cumplía con un determinado número de horas sociales en ese programa.

Tuve la suerte que el hermano Guayito me acompañó en toda la secundaria y siempre fue el “titular” de la clase, o sea, el responsable de esta en términos generales. Las vivencias con él dan para varios artículos por lo que no diré más de ese hombre genial que nos impartía literatura pero que, básicamente, nos compartía valiosas enseñanzas para la vida.

Aunado a estos acontecimientos, la madrugada del 4 de febrero de 1976 se nos vino el terremoto encima. Para muchos de mis compañeros y yo mismo, el terremoto había sido un gran temblor. Mientras me preparaba para ir al colegio, mi padre me reprendió y me dijo: “Acompáñame, lo que acaba de pasar es una gran tragedia, daremos una vuelta en los alrededores.” Era la zona 5, en donde, excepción hecha de Jardines de la Asunción y Vivibien (donde vivía), todo lo demás eran niveles de precariedad que partían de lo que se denominaba la clase media baja, luego los sectores populares hasta llegar al gran asentamiento de la Limonada y otros sectores como La Chácara.

Además de esta lección de vida de mi padre, al presenciar tanta destrucción, muerte, dolor y el inconfundible olor a pobreza, el colegio me esperaba con una mayor, cuando reiniciamos clases. El profesor de inglés, un gringo afroamericano muy estricto, ex sargento del US ARMY, Gerald Joseph, coordinó un programa de descombramiento en San Juan Comalapa y Zaragoza, ambos municipios del departamento de Chimaltenango. En realidad, más que descombrar, la intención primaria era que nos diéramos cuenta de la destrucción y miseria de la población, básicamente indígena.

Precisamente, el terremoto, vino a desnudar esa realidad no conocida por muchos y que, entre otros motivos, arreció la Guerra.  Este programa fue obligatorio para los alumnos de 4º. Y 5º. Bachillerato, no recuerdo si otros grados también se incorporaron, pero esto desató una polémica que llevó a una asamblea general de padres de familia, profesores y autoridades del colegio. La mayoría de los padres (en cuenta el mío) apoyaron a Mr. Joseph y dieron su anuencia. No imagino esa misma situación hoy en día.  

Recuerdo con total vivacidad cómo se nos estrujó el corazón al ver tanta miseria y tanto dolor. El objetivo del colegio se había cumplido. Ya cuando pasé a 5º. Bachillerato, este inquieto muchacho lo seguía siendo, pero con un sentido de la vida más profundo. Durante el bachillerato, escribía ocasionalmente en el Diario La Nación del desaparecido Roberto Girón Lemus, el cual me atrajo por la columna diaria de Irma Flaquer: Lo que otros callan. Ambos fueron asesinados en la vorágine de violencia que asoló al país.  

Estoy seguro que mis sueños en algún anuario habrían estado relacionados con las Ciencias Sociales, el cambio en este país, la literatura (me gustaba la poesía) y gozar la vida. Todo ello, sin perjuicio que, dentro de mis locas aspiraciones, estaba el ser una estrella de futbol o un cantante y actor famoso. Sin embargo, por mucho, en mis sueños se imponía lo primero, lo social y humano. Doy fe que muchos de mis compañeros, aunque desde distinta perspectiva seguramente, hubiesen consignado en el anuario cosas inteligentes, sin descartar, como ya dije, algunas “fumadas” relacionadas con la farándula, el deporte y otras acrobacias. Los indiferentes y bobos se reducían a un par. Eran otros tiempos, éramos la generación de la Guerra, imposible permanecer incólumes ante el contexto.  

Cumplí mis sueños en las Ciencias Sociales (soy historiador), también en lo más cercano a la literatura pues llegué a publicar en el periódico Mural de la Facultad de Derecho de la URL, eso que yo llamaba poesía.  Así mismo, escribo desde hace años para la revista Crónica y en otros espacios. Jugué futbol en el colegio, hasta llegar a la “mayor de ascenso”[i] con el Club Autos Pony. También jugué basquet en el Liceo y luego me mantenía en las canchas de la doce avenida de la zona 5, jugando basquetbol con muchachos egresados y activos del Instituto Central, Escuela Normal, Escuela de Comercio y otros, cuestión que para la época, no era usual, dado el odio social entre los institutos públicos y los colegios privados considerados de élite. No llegué al cine, pero si a su socio mayor, el teatro, el cual practiqué por 30 años, junto a elencos de primer orden: Mónica Sarmientos, Jorge Ramírez, Ángelo Medina, Flora Ramos, Rafa Pineda y otros grandes. Qué decir del gran grupo YETI de la Escuela de Historia de la USAC, con mis fraternales amigos Edgar Barillas, Alfonso Arrivillaga, Bobby Robles, Otty Martínez, Fernando García, Toussaint Cabrera, Igor Sarmientos, Rony Hernández (el Mono) y el tico adoptado: Aleksey Chuprine.

No entraré en el combo de la discusión fútil, pero si puedo decir que comparar el Liceo de mi época con el actual, es un despropósito. En los setenta, los hijos de las élites se repartían en muy pocos colegios y eso daba la pauta para que los clasemedieros de la zona 5, pudiéramos compartir con muchachos que ya, en segundo básico, llegaban en autos de lujo[ii], mientras nosotros nos íbamos a pie para ahorrar los diez centavos del bus (ida y vuelta) y luego poder darnos un festín en la tienda del colegio. El Americano y el Alemán eran como guetos especiales, mientras el Liceo y el Javier eran los favoritos y destacaban por varios motivos.

El Liceo formó desde comandantes guerrilleros como Santiago (Luis Antonio Santa Cruz Mendoza) de ORPA y Gustavo Porras Castejón del EGP, hasta muchos empresarios, funcionarios públicos y dirigentes empresariales, presidentes (Serrano Elías, Álvaro Arzú y Álvaro Colom), artistas y otros personajes relevantes.

El Liceo que conocí se empezó a transformar en los noventa y en el siglo XXI ya era un colegio más en esta masiva oferta empresarial de enseñanza, que es en lo que se han convertido todos sin excepción. De hecho, muchos de los egresados, tenemos hijos que estudiaron en otros colegios.

A ver si vamos mejorando los niveles de discusión, por lo menos entre los que gozamos del privilegio de una profesión universitaria y el honor de la docencia.

José Alfredo Calderón E.

Historiador y analista político


[i] Hoy sería la 3ª. División.

[ii] Recuerdo como si fuera hoy, el Mercedez Benz descapotable de un alumno de la Promo 78, la misma de Dionisio Gutiérrez.