No hay peor ciego que el que no quiere ver...

No hay peor ciego que el que no quiere ver…

En temas ambientales y políticos, muchas personas suelen hacer como el avestruz, prefieren meter la cabeza bajo la tierra y no ver lo que les amenaza.

Gonzalo Marroquín Godoy

Correr o caminar en medio de árboles o en una playa puede ser un ejercicio no solamente bueno para el cuerpo, sino también para la mente.  Es relajante, estimulante y placentero.  Sin embargo, hacerlo en la ciudad es muy diferente, pues desde la madrugada, por todas partes, se siente el smog de los vehículos, desaparece el canto de las aves y el ambiente se vuelve mas bien asfixiante.

Hace años debió entrar en vigor el control de emisiones para vehículos, pero por intereses particulares esa disposición se ha ido retrasando, lo mismo que la prohibición de uso de plásticos desechables.  Las autoridades prefieren ver para otro lado en vez de hacer lo que tienen que hacer, aunque la contaminación vaya en aumento.

En estos días he leído sobre diferentes estudios que muestran la destrucción que provoca el ser humano en el ambiente.  Aunque sabemos el daño que causan a las especies marinas las enormes cantidades de desechos sólidos que llegan a ríos y mares, ni siquiera se imponen controles mínimos. Ni autoridades ni ciudadanía reaccionan ante lo que sucede.

No hay peor ciego que el que no quiere ver.  Los alcaldes ­–desde Quiñónez, hasta el del municipio más pequeño–, prefieren hacerse de la vista gorda, porque saben que hacer lo que deben no consigue votos y, en cambio, sí ganan poderosos enemigos.  Por eso prefieren dedicarse a obras cosméticas, en vez de atender los problemas de fondo.

LEE TAMBIÉN: Guatemala contamina playas hondureñas; crece malestar del vecino país

De esa cuenta, vemos que lagos, ríos y océanos reciben una gigantesca contaminación que parte de las comunidades y ciudades.  Es tan vergonzoso el papel de las autoridades –municipales y centrales–, que uno de nuestros ríos, el Motagua, se encarga de atiborrar con desechos sólidos las playas de Omoa, en Honduras.

Aunque es triste reconocerlo, de las autoridades no extraña, pero la ciudadanía debiera exigir que todo esto cambiara y se actuara de manera consecuente. En vez de eso aceptamos dócilmente que el ministerio de Ambiente no sirva para nada y poco se dice al respecto.  No es solo con este gobierno, así ha sido casi con todos.

Y si en el tema ambiental predomina la indiferencia, ignorancia y falta de voluntad, exactamente lo mismo sucede en la política.  Estamos ahora mismo en medio de una crisis institucional sin precedentes y una auténtica tormenta por el control de lo que viene –MP, USAC, PDH y Contraloría–, y la ciudadanía apenas da muestras de su malestar a nivel de algunas organizaciones y en las redes sociales, pero nada que sea significativo.

La amalgama de grupos que forman la alianza oficialistamafias, partidos políticos, empresarios, militares, crimen organizado, jueces y magistrados, entre otros– se ha convertido en una auténtica trituradora de la democracia y promotora de corrupción e impunidad.

Los hechos están a la vista, pero la actitud ciudadana está dividida.  Una pequeña parte está a favor ­–por conveniencia, ignorancia o confusión– de la alianza oficialista­; muchos son indiferentes y, aunque ven de reojo lo que sucede, sienten que no les afecta y prefieren ignorarlo; otros hacen como el avestruz y se hacen los locos, aunque saben lo malo que sucede; y los menos patalean como pueden, pero sin fuerza significativa.

Pero ¡ojo!, lo peor no es que ya controlen la CC, la CSJ, el MP, el TSE y pronto la PDH, lo peor no es que haya impunidad para los corruptos, lo peor es que esta práctica aborrecible se quiere entronizar en la política y al parecer no habrá muchas opciones de evitarlo en las próximas elecciones, pues iremos al proceso electoral con una Ley diseñada para que los mismos –aunque sea diferente partido y candidato–, puedan seguir gobernando.  Lo que veremos –me atrevo a apostar– es que el 14 de enero de 2024 se dará un cambio, sí… para que nada cambie.

La actitud de las sociedades ante el daño al ambiente –con todo y el pronóstico de efectos terribles por el cambio climático–, es la misma que tantas veces muestran ante los ciclos políticos.  Hoy en día sorprende ver que hasta los dictadores y gobernantes autoritarios son muchas veces aplaudidos. 

Lo fue Chávez en Venezuela –y Maduro aún tiene popularidad–, lo fue Trump en Estados Unidos –y todavía la tiene–, vemos el fenómeno Bukele en El Salvador, y aquí, aunque Alejandro Giammattei no goza de popularidad –es todo lo contrario–, la mayoría de la población tolera los desmanes que provienen de su alianza oficialista.

Las voces de alarma se oyen, pero no se escucha, es decir, no se pone la debida atención. 

Debiéramos recordar cómo eran los ríos y lagos y atrevernos a soñar con su recuperación, pero sabiendo que debemos actuar.  No creo que la mayoría de guatemaltecos tenga buenos recuerdos de gobiernos anteriores, pero sí deberíamos poder soñar con tener uno diferente, que sea del pueblo y trabaje por el pueblo y para el pueblo.

Pero una sociedad pasiva no produce cambios… y en Guatemala hacen falta muchísimos cambios.