TRAGALUZ: Democracia y partidos políticos


La participación interna de los partidos debería ser parte esencial de esta dimensión. Pero en la práctica, el liderazgo está basado en la verticalidad, en las decisiones tomadas «a dedo», o en la fuerza del dinero que aportan los verdaderos “dueños” de los partidos«.


Jaime Barrios Carrillo

Nos guste o no, los partidos políticos son los canales naturales de la democracia representativa. El puente entre el Estado y los ciudadanos mediante el cual la voluntad popular se traduce en decisiones de gobierno. Pero, ¿qué sucede cuando ese puente cruje y el debate interno es un espejismo? ¿Cuándo la democracia dentro de los partidos brilla por su ausencia? La respuesta es devastadora: se convierten en instrumentos de intereses particulares o personales y dejan de ser expresiones genuinas de la ciudadanía.

Un sistema democrático es, en esencia, un mecanismo social para la toma de decisiones. Eso suena bien sobre el papel. Pero solo funciona cuando existe una auténtica cultura democrática. No basta con votar cada cuatro años; la democracia se construye día a día y eso requiere ciudadanos informados, participativos y dispuestos a involucrarse.  

La participación interna de los partidos debería ser parte esencial de esta dimensión. Pero en la práctica, el liderazgo está basado en la verticalidad, en las decisiones tomadas «a dedo», o en la fuerza del dinero que aportan los verdaderos “dueños” de los partidos: los financistas, que luego cobran sus facturas políticas colocando a su gente en los puestos de elección y en el gobierno. Los partidos políticos se activan solo en época electoral, como si fueran franquicias de temporada que abren sus puertas cada cuatro años para vender ilusiones.

Hay un ejemplo notable de esta degradación: la Unión Nacional de la Esperanza (UNE). Nació en 2002 como un partido socialdemócrata, con una ideología definida y la promesa de representar a las mayorías excluidas. Su fundador, Álvaro Colom Caballeros —sobrino de Manuel Colom Argueta—, recogió el legado de su tío y llevó el partido a la presidencia en 2008. Parecía que el sueño de Meme renacía, que la socialdemocracia guatemalteca encontraría por fin un cauce institucional.

La UNE, como tantos otros partidos, fue devorada por la lógica del poder. Sin estructuras democráticas internas, sin mecanismos de rendición de cuentas, sin debate ideológico, se convirtió en lo que hoy es: un partido como cualquier otro, sin ideología, sin principios y sin rumbo. Una maquinaria electoral que se activa cada cuatro años para colocar a sus candidatos. Pero, la corrupción —ideológica, moral y económica— lo carcomió desde dentro:   clientelismo, nepotismo, alianzas con los mismos poderes fácticos que antes criticaba.

El caso de la UNE es paradigmático porque nos muestra que la ideología no es un adorno ni una etiqueta de campaña. Es el alma de un partido. Sin ella, los partidos se vacían de contenido y se convierten en cascarones huecos, disponibles para cualquier transacción, cualquier negociado, cualquier traición. La UNE comenzó siendo socialdemócrata y terminó siendo nada, con una líder déspota de ambición ilimitada y falta absoluta de principios. Esa es la historia de la mayoría de los partidos guatemaltecos: nacen con un discurso, mueren con una cuenta bancaria.

Este vacío democrático es el caldo de cultivo para los populismos de derecha que prometen mano dura. Ante la ineficacia de los partidos tradicionales, muchos ciudadanos, desesperados, buscan soluciones autoritarias. Pero la mano dura no resuelve los problemas de fondo, los agrava.

La democracia no puede ser solo un concepto abstracto; debe ser un sistema que suministre lo que se espera de ella: bienestar social e individual, salud, libertad, justicia. Cuando la democracia no cumple, la gente deja de creer en ella.

Lo más patente y patético de la crisis democrática son los tránsfugas y otros mercaderes de la política, que cambian de camiseta como quien cambia de chaqueta, sin importarles sus principios ni a quienes los votaron. La clase política ha buscado solo el cratos, el poder, y le ha importado un pepino el demos, el pueblo.

Urge desarrollar nuestra democracia. Una democracia que no se desarrolla se pudre, se convierte en un ritual vacío, en una fachada. No basta con tener elecciones; necesitamos partidos con estructuras democráticas internas, con ideología definida, con mecanismos de rendición de cuentas. Y una sociedad civil fuerte y participativa. Pero también necesitamos aprender la lección terrible de la UNE: la ideología no es un disfraz de campaña, es la columna vertebral de un proyecto político. Sin ella, los partidos son presa fácil de la corrupción y el oportunismo.

En Guatemala se ha arraigado la cultura de “no meterse en política”. Razones sobran: la política es corrupción y la política es peligrosa, si se piensa en la represión brutal del pasado. El resultado es una ciudadanía pasiva que apenas se reactiva cada cuatro años al debate político y luego se sorprende cuando un payaso termina saqueando el erario. O un médico falso que nunca ejerció se roba con su joven amante, un hombrecillo anodino y corrupto, medicinas y vacunas por miles de millones.

¿Estamos asistiendo al doloroso colapso de la voluntad popular?  


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