“Ser cachimbiro es una condición moral, no social ni económica. Hay cachimbiros sin pisto y hay cachimbiros con pisto; así como hay también señorío en la prosperidad y en la pobreza.
José Alfredo Calderón E. (Historiador y analista político)
Con ocasión de una enésima campaña anticipada y el desfile de impresentables en los listados que manejan las Comisiones de Postulación en las elecciones de segundo grado, vino a mi mente la mejor conceptualización de lo que es un palurdo, como dicen en Argentina o un cachimbiro como se dice en Guatemala. Aunque este último término reúne todas las características del primero, en estos lares, dicho personaje es superado y adquiere connotaciones tragicómicas muy endémicas y específicas. De hecho, el término no es común para otros países.
En 1973, el gran escritor Manuel José Arce nos entregó una joya que conceptualiza a este personaje tropical del que queremos escribir ahora. “Ser cachimbiro es una condición moral, no social ni económica. Hay cachimbiros sin pisto y hay cachimbiros con pisto; así como hay también señorío en la prosperidad y en la pobreza. El cachimbiro es voraz, es veloz y es audaz. Pero es torpe. Ama la ventaja, busca la oportunidad; escoge la triquiñuela, persigue el relumbrón. Trata de aprovecharse de todo y de todos. Es partidario fanático de la ley del más listo. Es oportunista consuetudinario”.
Estoy seguro que con este primer párrafo, muchos de ustedes ya habrán identificado amigos, conocidos, vecinos, jefes y autoridades con tales características. Aunque los cachimbiros han existido desde siempre, tres hechos fueron fundamentales para su reproducción, cual hongos en invierno:
- La llegada del Frente Republicano Guatemalteco –FRG– a la presidencia en el año 2000, pues si bien el presidente Alfonso Portillo era muy talentoso –aunque pícaro– su vicepresidente, Juan Francisco Reyes, nos dejó estampas cachimbiras para la historia y contagió a gran parte de su aparato de gobierno, dando cabida a la plebe para hacer politiquería.
- La desaparición del último partido político real en Guatemala, la Democracia Cristiana Guatemalteca en 2007, dando paso a una serie decadente y desordenada de plataformas electoreras que reclutaron –literalmente– a cualquiera.
- La desaparición paulatina de la llamada clase política y el surgimiento masivo de cachimbiros de toda calaña, cada uno, con ambiciones desmedidas y desproporcionadas, que fueron desde el deseo por puestos públicos y comunitarios locales, hasta la propia presidencia de la República. Al respecto, era común la frase: “Si llegó Lucas García, porque yo no”. Posteriormente, el penoso referente fue Jimmy Morales, arlequín de poca monta cuyo cachimbirismo sentó precedente sobre la posibilidad de acceder a la presidencia, sin tener ningún atributo formal como requisito.
Continuemos con Manuel José: “Cuando así conviene a sus aspiraciones, es lambiscón, sonriente, chaqueterazo, pero en cuanto logró lo que se proponía, se torna insolente y cínico. Saca el cobre, como decían antes, o saca las uñas, como se dice siempre. El cachimbiro intuye sus limitaciones, pero no las reconoce. Y dentro de ese marco, quiere situar a los demás para usarlos; trata de reducirlo todo a sus personales dimensiones para luego pasar, sobre todo. Toma las ideas ajenas y, si no puede comprarlas, las roba, las usurpa, pero le quedan grandes y no sabe manejarlas”. ¿Les suena común? En cuanto consigue un mínimo de poder, el cachimbiro es agrandado y prepotente; es el clásico personaje que se sube a un ladrillo y se marea. Presume las ideas usurpadas con un descaro delincuencial.
“El cachimbiro asciende, trepa, sube a toda costa. Es como aquella prosa de Carlos Wyld Ospina que no me cansaré jamás de releer, como el Matapalo: busca los árboles, crece a su sombra, trepa por ellos, bebe su savia, se disfraza del noble vegetal al que exprime y ahoga, pero jamás se desprende de su condición parásita y reptante”. Cual babosas, divisan fácilmente al personaje (hombre o mujer) al cual adherir sus ventosas.
Como apuntó desde el inicio este genial escritor ya desaparecido, ser cachimbiro es una propiedad que puede encontrarse en cualquier estrato social y económico: “Me he encontrado con suma frecuencia a campesinos, obreros, pequeños comerciantes, que saben ser verdaderos señores, de palabra entera y firme, de claro y leal señorío. Me he encontrado con capitalistas, comerciantes, finqueros que saben ser señores, que gobiernan sus actos, íntimos o públicos, por un código personal del bien y de la decencia. Gente, pobres o ricos, que tienen buen gusto para ser. Me he encontrado también, con dolorosa frecuencia, con cachimbiros ardidosos, pobres o ricos, todos con el común denominador de una carencia absoluta de una elegancia vital. Porque el cachimbiro confunde lo popular – que es un noble valor– con lo vulgar; confunde lo elegante con lo ostentoso, confunde la inteligencia con la listura. Confunde el valor con la audacia, confunde lo práctico con la carencia de escrúpulos; confunde la sana influencia con el mimetismo servil”.
A la luz de lo descrito, el término “corrientez” se queda corto para definir a este personaje que, con mucho pesar he de decir, es más aceptado que repudiado, siendo la politiquería, la enorme y apestosa piscina en donde nada a sus anchas. Lo peor no es su capacidad de mimetizarse, sino la facilidad con la que se reproduce.
Arce culmina: “El cachimbiro es incapaz de romper los moldes de la moralidad caduca para regirse por una moral personal válida. El concepto de moral del cachimbiro es el de la fachada honorable que forma parte de sus triquiñuelas y tras la que oculta la carencia personal de valores y la burla a los valores ajenos. El cachimbiro nunca tiene fortuna: amontona pisto. El pisto (que no es el dinero) es su supremo objetivo: con él podrá resarcirse de todos sus resentimientos; con él podrá adquirir poder para humillar a los demás; con él tratará de comprar imagen pública, pedestal para lucir más obviamente su torpeza”.
No quise reproducir el largo listado de personajes que coinciden con esta descripción, porque seguramente requeriría de una resma de hojas, pero estoy seguro que cada uno de ustedes, estimados lectores, tendrán su propia lista de cachimbiros. Ya estarán bailando en sus mentes, las imágenes de quienes ya conocen o identifican como tales. Y si no, los insto a realizar el ejercicio, pues es indispensable reconocer de quienes alejarse y jamás votar ¡ni siquiera para integrante de un cuchubal!
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