ENFOQUE: Cuando un berrinche de Trump golpeó a la democracia

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Un niño consentido, al no obtener lo que desea, suele hacer berrinche –pataleo incluido–, sobre todo, cuando está acostumbrado a imponer su voluntad…

Gonzalo Marroquín Godoy

Las escenas que se dieron en el Capitolio, en Washington, el pasado miércoles, me hicieron recordar algo que vivimos aquí, en ciudad de Guatemala, allá por el año 2003, cuando un turba de seguidores del general Efraín Ríos Montt fue movilizada para venir a presionar a la CC en violenta protesta,  con el fin de que se diera vía libre a la inconstitucional candidatura presidencial del militar retirado.  Fueron horas de angustia en la capital. A ese 24 de julio se le llamó Jueves negro, y al día siguiente Viernes de luto, porque en los disturbios murió un periodista.

Ríos Montt se lavó las manos, porque dijo que las protestas no eran dirigidas por el FRG, aunque había fotos que mostraban a diputados y líderes del partido encapuchados. Finalmente, las presiones populistas prosperaron y Ríos Montt pudo participar como candidato presidencial, aunque el voto popular lo castigó en las elecciones y no alcanzó más que un tercer lugar en las urnas.

Pero el tema no es Ríos Montt, ni el Jueves Negro.  Es lo sucedido en el Capitolio estadounidense, en donde senadores y congresistas fueron intimidados por una turba de trumpistas que, incitados por el propio presidente Donald Trump, pretendían revertir el resultado de voto popular y denunciaban un supuesto fraude electoral, del que nunca se presentaron pruebas claras ante los órganos correspondientes. 

El tema del fraude alcanzó tal nivel de absurdo, que incluso autoridades del partido republicano en varios estados y cortes jurisdiccionales –hasta la Corte Suprema de Justicia– tuvieron que reconocer que la victoria de Joe Biden no tuvo las manchas que Trump repetía una y otra vez, pero sin presentar las pruebas necesarias para que se tomaran en serio sus denuncias.

Las escenas que se vieron en directo por la televisión –hasta el momento en que una mujer recibe un disparo–, fueron dramáticas.  Mostraron que el principal instigador –nada menos que el presidente de EEUU–, ponía en peligro la democracia misma.  Ponía en peligro la institucionalidad de la que se reconoce como la primera democracia del mundo. 

Trump ya había demostrado que es un personaje berrinchudo, autoritario y narcisista. Antes de asumir el cargo hace cuatro años, 27 destacados psiquiatras y psicólogos estadounidenses advirtieron que un estudio de su personalidad le mostraba como alguien inepto para gobernar la nación mas poderosa del planeta. 

No se les escuchó y la Casa Blanca tuvo durante cuatro años a un inquilino inestable, que se peleaba con medio mundo, no solo con sus aliados europeos –por ejemplo–, sino también con muchos de sus cercanos colaboradores.  Como niño berrinchudo, no aceptaba que le dieran un NO a sus peticiones, mucho menos que le llevaran la contraria en la forma de pensar y de actuar.

Según él, pasará a la historia como el mejor gobernante que ha tenido Estados Unidos.  No será así.  Pasará a la historia como el hombre que puso en peligro y debilitó la democracia estadounidense.  Pasará a la historia como un mal perdedor, que ni siquiera ha tenido dignidad para reconocer su derrota.  Pasará a la historia como el presidente que dividió a la sociedad de su país y sembró la semilla de la discordia, sin dejar a un lado el mal manejo que tuvo ante la pandemia, para él irrelevante, a pesar de los más de 374 mil muertos que se registraban hasta ayer.  Triste el legado de Trump.


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