En política, sin credibilidad no se puede avanzar

En política, sin credibilidad no se puede avanzar

Una de las cualidades de un buen líder es su credibilidad.  Cuando un mandatario la pierde, cualquier crisis puede verse agravada y la popularidad se desvanece.

Gonzalo Marroquín Godoy

Era el mes de enero de 1993.  El presidente Jorge Serrano viaja a Nueva York para hablar en la ONU sobre el proceso de paz en Guatemala.  Había ganado las elecciones con alta votación y su partido el MAS cobraba fuerza a nivel nacional.  Una de sus cartas de presentación en la campaña anterior era su actividad como líder evangélico, algo que le brindaba credibilidad.

Por alguna razón, en ese viaje Serrano tuvo la brillante idea de ir a tomar una sopa de cebolla al restaurante y nigthclub Stringfellow’s, en donde guapas desnudistas entretenían y atendían a los comensales.  Siendo un mandatario, no pasó desapercibido y un empleado del club alertó a periodistas de Univisión, los que lograron filmarlo cuando salía con el rostro cubierto al saberse sorprendido.

Pero no todo quedó ahí.  Serrano dio una versión diferente al volver al país y negó los hechos evidentes, agregando que se trataba de un montaje orquestado nada menos que por las organizaciones guerrilleras con las que pretendía negociar el fin de una guerra que llevaba más de 30 años en el país.

Su credibilidad sufrió un desgaste inmenso.  Meses más tarde, precisamente en un día como hoy –el 25 de mayo de 1993–, intentó dar un golpe de estado al suprimir el Congreso, la Corte Suprema de Justicia (CSJ) y la Corte de Constitucionalidad (CC), además de imponer censura a la prensa. 

Pero su credibilidad estaba por los suelos –por la sopa de cebolla y otras acciones autoritarias– y la gente simplemente le dio la espalda.  Su caída fue estrepitosa.  Ante tal escenario fue obligado a renunciar y salió al exilio en Panamá, desde donde ha intentado intervenir en algunas ocasiones con su opinión en situaciones de la política nacional, pero su credibilidad se ha erosionado tanto que muy pocos lo toman en cuenta.

El presidente Alejandro Giammattei ganó las elecciones de 2019 con 1.9 millones de votos y eso pudo hacerlo suponer que contaba con gran popularidad, pero la verdad es que en la primera vuelta obtuvo 614 mil votos, por lo que la mayoría de analistas consideran que su crecimiento se debió más al antivoto de Sandra Torres que a su propia fuerza electoral.

Como suele suceder, Giammattei se sintió poderoso y poco le importó la credibilidad.  Desde la etapa de presidente electo empezó a ofrecer el oro y el moro, sin que hasta el momento se haya visto el cumplimiento de alguna de las promesas que hizo.  Por el contrario, desde un inicio tomó el camino del nepotismo, corrupción y autoritarismo, todo lo cual necesita obligatoriamente la protección de la impunidad, porque de lo contrario, los escándalos en que se ha visto envuelto lo tendrían ya en más de un aprieto.

Los escándalos que han acompañado su administración golpean su credibilidad y propician la caída de su popularidad.  La última encuesta de la firma Mitofski (mexicana), le ubicaba en abril pasado entre los menos apreciados a nivel latinoamericano, con 21 por ciento de aprobación, en el puesto 15 de 20 mandatarios evaluados.

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Veamos algunos de los escándalos que han brotado constantemente: el nombramiento a un poderoso cargo público creado para su compañero Miguel Martínez y amigos; las fotos del pornoministro Raúl Romero –que él personalmente defendió–, la misteriosa visita por la noche a su residencia de ejecutivos de empresas mineras rusas que operan en el país –la trama rusa–; y la compra de vacunas Sputnik V, de forma anómala, oscura y contraria a los intereses nacionales, pues se han perdido más de Q400 millones por el vencimiento de millones de dosis.

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Pero también se critica su intervención directa y decidida para controlar el Congreso y mantener en suspenso –inconstitucionalmente– la elección de la Corte Suprema de Justicia (CSJ), cooptar la CC y el MP, y pronto la Contraloría y la Procuraduría de los Derechos Humanos (PDH) y hasta la USAC.

Todo esto le da poder ciertamente y fortalece su alianza oficialista, pero también daña su credibilidad como líder democrático y debilita su posición como mandatario, sin dejar de lado que difícilmente podrá trascender en la historia como buen presidente.

No me cabe duda que, en su posición, no alcanza a ver lo que está sucediendo en el entorno nacional.  Para él es suficiente e importante seguir concentrando poder –que vaya si lo tiene–, pero eso puede resultar vano para hacer que el país tome la senda del desarrollo con unidad y justicia.  En vez de eso, continuamos hacia el despeñadero.

Esa falta de credibilidad es la que hace que todos los esfuerzos gubernamentales se diluyan, como ha ocurrido –por ejemplo–, con la campaña de vacunación, mediocre, onerosa e insuficiente.

La credibilidad se pierde relativamente fácil, pero recuperarla es muy difícil… cuando no imposible.