Tierras y paisajes con historia: Panamá y su Canal

Francisco J. Sandoval

Decir Panamá es pensar en tierra caliente, cerveza, altos edificios, polleras y carnaval; pero, sobre todo, se piensa en su Canal, en el tránsito de barcos a través de las esclusas que bajan o suben el nivel del agua; en ese trayecto de ríos y lagos cruzan 82 kilómetros entre el Pacífico y el Atlántico. Su construcción comenzó en 1881 por franceses que más tardaron en diseñarla que en abandonar el proyecto, luego de dinamitar un millón de rocas y miles de muertos por la malaria y lo duro de las jornadas de trabajo. Al rescate entró el gobierno de Estados Unidos. Mucho antes,  construirlo fue un sueño de españoles, escoceses y alemanes.

He tenido la suerte de ver de cerca unas cuatro veces ese mágico momento en que una nave que pesa miles de toneladas se eleva o baja de nivel, controlada por “mulas” de acero para que no tope con los muros que hay en ambos lados. Lo he recorrido desde Colón hasta la ciudad de Panamá, observando desde un tren la geografía que lo circunda; estudie la lucha de los panameños por recuperar la enorme franja de tierra que Estados Unidos se apropió. Fui cercano observador de la negociación final que llevó a que el canal y su área circundante fueran parte de Panamá. Esto merece párrafo aparte.

Como joven funcionario de una agencia de Naciones Unidas el trabajo hacía que una semana de cada mes estuviera en Panamá. Conocí mejor sus comarcas más pobres, de Veraguas, Coclé y Chiriquí; infinidad de veces dialogué con funcionarios de Educación, Salud y Desarrollo Agropecuario, directivos de universidades y del Instituto Panameño de Habilitación Especial (IPHE), ejemplar institución dirigida por Berta Torrijos de Arosemena, hermana del general Torrijos, en esos momentos gran jefe de una transformación de ese país. A través de Berta, conocí y conversé en su casa de playa (en Farallón) con ese eximio gobernante. Eran los momentos álgidos de la negociación del canal.

—Ven para acá, necesito ver cómo están las cosas con los gringos -me dijo el general al momento de que su elegante secretaria me conducía hacia su sala-dormitorio. Eran cerca de las seis de la tarde, hora de la franja central de noticias por televisión.

Un rato después me preguntó si era pariente “del mico Sandoval”. Se refería a Mario Sandoval Alarcón, líder de la extrema derecha de Guatemala.

—Que yo sepa, nada —le respondí, un tanto nervioso.

—Ya lo sé, no te preocupes —comentó el general. La confianza estaba garantizada como para hablar del tema central que me hizo gestionar esa reunión. Al rato fui testigo privilegiado de una conversación telefónica entre Torrijos y Carlos Andrés Pérez, presidente de Venezuela.

—Muy bien, Jimmy, muy bien Jimmy —susurró Torrijos un par de veces cuando la televisión reproducía palabras de Jimmy Carter sobre esas negociaciones. El Norte era gobernado por un cultivador de manías respetuoso de otras naciones, no por un aspirante a emperador del mundo.

A Graham Green le impresionaba que a los oficiales y soldados Torrijos les dijera que nunca permitiría que sus armas dispararan contra el pueblo. Conocí a su piloto privado, Chuchú Martínez, un matemático convertido en oficial militar para servir mejor a su país. Una vez su jefe le ordenó que llevara a Bocas del Toro, isla caribeña, a un grupo de intelectuales de izquierda que le proponían un nuevo sistema de seguridad social para el país. “Vayan a demostrar que eso funciona”, les dijo. Ese era su estilo de gobierno: acción más que papeles. Una vez volé en una avioneta militar que llevaba arados, semillas y cabras a comunidades campesinas. Muchas veces visité el Hospital Nacional de Niños, donde el doctor José Renan Esquivel humanizaba la atención con sorprendentes resultados: estimulación socioafectiva previa a las cirugías. “Hasta la inyección les entra fácilmente y sin dolor si los chicos se sienten bien”, decía.

Mis ojos y mi memoria guardan como si hubiera sido ayer que presencié la firma del Tratado Torrijos-Carter en el estadio Revolución. Me dolió mucho cuando una llamada telefónica me dio la noticia de que un par de horas antes la avioneta en que volaba Torrijos había chocado contra unas montañas. “Hay un fuerte viento”, me explicaron. Un viento con signo de interrogación.