PROVOCATIO: Misma obra, elenco ampliado


El gran éxito del formato, aún contra la evidencia flagrante, es que, a pesar de las críticas y condenas, sigue siendo funcional para los intereses de las élites y sus mafias. La respuesta de un electorado sin formación y mayor información o entendimiento, sigue siendo masiva y termina por avalar las puestas en escena que hagan falta.


José Alfredo Calderón E. (Historiador y analista político)

En la Nueva Guatemala de la Asunción, la puesta en escena de la obra de teatro Juan Tenorio, es una tradición anual que coincide con el día de Todos los Santos y la costumbre de comer fiambre. Evoco esto porque las alegres elecciones se parecen mucho a esta actividad teatral, con la diferencia que suceden cada cuatro años y que el perfomance de los elencos artísticos es muy superior a los arlequines tropicales que le dan vida al perenne circo electorero.

Cada año, los amantes del teatro esperan con ansias la nueva puesta en escena, aunque los actores y actrices cambien con el paso del tiempo, la obra se mantiene fiel al texto de José Zorrilla.

Con “las alegres…” las ansias representan una suerte de masoquismo, pues a sabiendas que nada cambia, la mayoría de parroquianos disfruta, o se presta, a la algarabía de una obra gastada y cuyo final se sabe con antelación. Ojalá la masividad que se manifiesta en los comicios, también se diera en el teatro, que tanto lo necesita, pero es todo lo contrario.

Al igual que el teatro, los personajes ya están definidos, al menos en los papeles protagónicos y algunos secundarios, pudiendo cambiar los actores según la disponibilidad actoral. Lo que no cambia es el diseño estructural de las elecciones (como el texto de Zorrilla), el cual está delicadamente concebido e implementado para que la casa nunca pierda.

En cuanto al patrocinio del evento periódico, sí ha habido algunos cambios. Hasta los años setenta, el capital oligárquico –con la venia del Norte– definía toda la dinámica permitida y la que no. Resultaba sencillo, porque la oferta se reducía a tres o cuatro opciones y solo había que inducir a la gente a votar por pocos símbolos: el mapa, la daga o estrella; después se agregó una mazorquita.

A partir de 1985, el capital corporativo dijo presente y la oferta se amplió, sin mayores variaciones sustantivas, pero generando la ilusión de propuestas diferentes. En el siglo XXI irrumpieron dos nuevos patrocinios: el capital emergente y el narco. En la actualidad, las barreras han ido languideciéndose y la narcoactividad condiciona casi toda actividad política. Lejos quedó el rechazo inicial de algunos empresarios por los señorones de a caballo, sombrero, cadenas/collares y pistola al cinto.

En cuanto a los elencos, también hubo cambios. Ya no hay actores profesionales (la llamada clase política) sino que reina la improvisación y la kakistocracia. Las actuaciones dejan mucho que desear, pero la apreciación estética del cotarro ciudadano es muy precaria, por lo que cualquier papelón se pasa por alto.

En tiempos de redes y recursos digitales, los símbolos y la institucionalidad partidaria (ahora inexistente) dejaron de importar, centrándose ahora en la individualidad de cuestionados personajes, los cuales luchan por llamar la atención con todo tipo de monerías que antes hubieran sido condenables.

El gran éxito del formato, aún contra la evidencia flagrante, es que, a pesar de las críticas y condenas, sigue siendo funcional para los intereses de las élites y sus mafias. La respuesta de un electorado sin formación y mayor información o entendimiento, sigue siendo masiva y termina por avalar las puestas en escena que hagan falta.

A pesar de la narrativa dominante en cuanto a que las ideologías y la díada izquierda-derecha ya no existen, convenientemente cada cuatro años se cambia el discurso y se revive el peligro del comunismo ya que, siempre sí, existe una izquierda al acecho (incluso gobernante) por lo que la derecha es el único antídoto contra esa amenaza. O sea, sí pero no, pero más bien todo lo contrario.

Los papeles principales no cambian:

  • Un Tribunal Supremo Electoral que se hace el bravo ofreciendo sanciones por campaña anticipada y otras gracias, pero no cumpliendo con su debido papel.
  • Un Congreso que anuncia cada 4 años que la Ley Electoral y de Partidos Políticos debe cambiarse y que “ya están en eso”, pero que siempre no se pudo.
  • Una Corte Suprema de Justicia siempre atenta a avalar lo ilegítimo y lo ilegal, como la re-resucitación del partido PAN, que ya varias veces ha sido cancelado.
  • Un MP ya sin el descaro de la “Comosiama”, pero igual de ineficiente y ausente en lo importante.
  • Una CC supervisando al resto de la institucionalidad legal para actuar oportunamente cuando se necesite cuidar privilegios y retorcer la interpretación de cualquier norma.
  • Una Contraloría que cada vez controla menos y se adapta al mejor postor.
  • Una prensa condescendiente con el poder y un periodismo alternativo amenazado.
  • Partidos políticos prestos y dispuestos para el ridículo y servir de comparsas del deprimente espectáculo.
  • Izquierdas inventadas y frentes multidiversos de ocasión, para completar la actuación de los “extras”.

Finalmente, un electorado condenado por su ignorancia e impotencia, rescatando una masa crítica mínima que se debate entre tres opciones:

  • Darle la espalda al proceso electoral (abstención)
  • Rechazo a las ofertas del sistema (voto nulo)
  • Votar por una opción que considere la menos peor, lo cual podría ser válido sí y solo sí, simultáneamente está construyendo futuro con miras a romper con la estructura electorera del sistema.

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