PROVOCATIO / Despojo con tufo oligárquico: El caso FILGUA

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El despojo no solo se hace en contra de trabajadores, sino también, en contra de emprendedores que puedan cuestionar el dominio depredador de quienes se dicen capitalistas, pero que, en la práctica, son piratas modernos que usan el despojo cultural e ideológico como herramienta espuria de dominio.  

José Alfredo Calderón E.

Historiador y analista político

Desde mi niñez fui una persona muy inquieta y preguntona, contando -afortunadamente- con un padre paciente y flexible que siempre respondía a mis interrogantes o, las más de las veces, me orientaba e inducía a la búsqueda de respuestas por cuenta propia. Mis padres solían tener suscripción de casi todas las publicaciones habidas y por haber, por lo que, además de las lecturas del colegio, desde muy chico me comía los diarios y las revistas que llegaban a casa.

Entre algunas de aquellas inquietudes, recuerdo particularmente dos: la primera se relacionaba con el hecho que los ricos nunca se sentían satisfechos con lo que tenían, a pesar de contar ya con una fortuna considerable. Mi mente infantil no procesaba por qué algunas personas tenían mucho y, la gran mayoría, contaba con tan poco. La segunda inquietud surgió al leer un reportaje sobre tierras ociosas; no comprendía por qué en descomunales hectáreas de tierra, los propietarios eran unos pocos terratenientes, mientras la gente del campo se quejaba que, siendo sus parcelas tan pequeñas, no resultaban suficientes para subsistir, debiendo viajar a la Costa Sur para vender su fuerza de trabajo en las plantaciones de azúcar, algodón y café.

Nací en el seno de una familia conservadora, cachureca y, políticamente, de derechas. Aun así, mi padre, que había tenido una infancia muy precaria, siempre fue muy flexible y constantemente me decía: “No te quedes con lo que yo te digo o con lo que lees tradicionalmente, pregunta siempre, cuestiona siempre, investiga siempre. Con el tiempo, formarás tu propio criterio.”

A la primera pregunta, la respuesta de mi padre fue muy sencilla pero contundente: “La ambición de las personas es ancestral. Quien más tiene, más quiere y no se detiene, hasta conseguir más.” La segunda fue igual de fuerte pero más elaborada: “Los que más tierra tienen, se aseguran que los demás no la tengan, porque si no, su poder no sería tan grande.” Sus respuestas a las dos inquietudes descritas me aclararon mis dudas de mejor manera que si hubiera leído desde niño La Patria del Criollo o varios libros sobre desigualdad.

Entendí con estas cortas y sencillas explicaciones, que el dinero no es tan importante como el poder y que las carencias de muchos son la base de los privilegios de unos pocos.  

Gracias a mi formación académica, pude desarrollar más ampliamente el empujón didáctico que mi padre me había instilado –con mucho amor– en diversos temas de la vida, detalle plausible dado que, por la precariedad de su familia, mi progenitor, un autodidacta disciplinado, no había logrado terminar la primaria.  

Despojar al que convierto en mi víctima, es un principio universal que la historia nos demuestra, una y otra vez. Invado, someto y despojo mediante la violencia “al otro”, pero ese acto per se, no me garantiza la sostenibilidad de mi dominio sobre un grupo o población. Necesito de esa otra violencia, la simbólica, para someter permanentemente o, cuando menos, por largos períodos históricos. Trastocarles su cultura, sus costumbres, su idioma, sus trajes y, sobre todo, cualquier expresión de autonomía para obtener el dominio material y simbólico total, es una premisa de los sistemas económicos basados en la acumulación espuria de capitales, la opresión y la represión. En el Reino de Guatemala, es particularmente cierta esta condición, pues desde la Colonia, la riqueza se circunscribía a la propiedad de la tierra, la exención/evasión de impuestos, el trabajo forzado de los indios, los favores del Estado y los demás privilegios propios de su condición dominante.

Hago todo este periplo histórico para denunciar cómo, una vez más, se repite ese círculo perverso a todo nivel, y hoy, es el caso del pillaje de la Cámara de Industria, al despojar de la Feria Internacional del Libro –FILGUA– a emprendedores emergentes. Muchas personas no se explican, cuál puede ser el interés económico-financiero de los empresAUrios, al apropiarse de una feria cultural relacionada con el noble arte de leer y el emprendimiento quijotesco, dadas las dificultades y el poco margen de ganancia que implica, en un país, donde no se lee y se gasta muy poco en libros. La respuesta no es económica sino política: El despojo no solo se hace en contra de trabajadores, sino también, en contra de emprendedores que puedan cuestionar el dominio depredador de quienes se dicen capitalistas, pero que, en la práctica, son piratas modernos que usan el despojo cultural e ideológico como herramienta espuria de dominio.

Los casos abundan, aunque son más visibles en los campos de competencia desleal por mercados de consumo. El ataque a Pollo Pinulito y Rostipollo Chapín, culminando en la desaparición de este último, por parte del monopolio corporativo que ya todos conocemos, es tan solo uno de varios ejemplos. Sin embargo, lo preocupante en el caso de FILGUA, es el interés depredador a partir de la cultura, lo cual redunda, muy peligrosamente, en la aspiración totalitaria de someter todos los campos de este bello paisaje, incluyendo el espiritual y literario, en un territorio cuya población necesita tanto del saber que provee la lectura. El margen de utilidad comercial no interesa, el objetivo estratégico, como explico, es otro.

Sin perjuicio de lo anterior, quienes saben más que yo en el campo empresarial, me indican que puede ser, además, una ventana de oportunidad a esa afición sistémica cada vez más creciente: El “dry cleaning monetario” para decirlo de forma elegante.

No está demás indicar que las cámaras más ligadas al capital oligárquico y las formas más execrables de explotación y prácticas inhumanas, son las de Industria y del Agro. Según esta visión troglodita, enemigo es todo aquel que interrumpe, amenaza o pretende invadir su dominio económico, aunque sean emprendores/empresarios, que se basan, ellos sí, en el esfuerzo honesto y una competencia leal.

Quien reduzca el despojo de FILGUA a una confrontación empresarial, ignora el peligro de una cooptación total, no solo en lo económico, sino en lo político, social y cultural. Está claro que, de consolidarse el despojo por parte de estos empresAUrios, FILGUA perderá su naturaleza incluyente y disruptiva.

En el mismo sentido, alerto sobre la reciente creación de El Comité Nacional de Seguridad Cibernética –CONCIBER– mediante Acuerdo Gubernativo No. 200-2021 del 1 de octubre del presente año. Aunque el objetivo formal es “asesorar al Consejo Nacional de Seguridad en el seguimiento de las temáticas estratégicas, que permitan alcanzar los objetivos de la Estrategia Nacional de Seguridad Cibernética.”, está claro que subyacen otras intencionalidades. De otra manera, no se entiende la presencia de tanta fuerza de seguridad y la ausencia del MP y CONCYT.

Con la cooptación total del Estado, todo está conectado. EmpresAUrios, Gobierno, Congreso, Organismo Judicial, iglesias, Ejército, Medios de Comunicación tradicionales, operadores políticos y pícaros de ocasión.

Y como ya es costumbre endémica, pregunto: ¿Seguiremos de brazos cruzados?