PROVOCATIO: Cuando correr se vuelve polisémico


Pagar por usar el espacio público a los responsables de tantos problemas de la ciudad y correr en forma jubilosa y agradecida, supera los fenómenos del Síndrome de Estocolmo y la disonancia cognitiva. Es tan surrealista que solo puede explicarse por medio de la antropología social del trópico y las lecciones siempre sabias de la historia, que demuestran cómo el diseño de dominación, hace a los esclavos modernos, lamer las cadenas de su miserable condición.


Jose Alfredo Calderón E. (Historiador y analista político)

Cada vez que la sempiterna administración municipal de la Nueva Guatemala de la Asunción organiza una carrera, surge la controversia entre quienes defienden esa práctica y los que la denuncian como una herramienta de manipulación.

El segmento de defensores oficiosos de Tu Muni –aunque lo nieguen o solapen– utilizan argumentos cuya validez es difícil de sostener:

·      No hay que confundir el deporte con la política.

·      La gente corre porque quiere, no porque apoye a la administración municipal.

·      Hay muy pocos espacios para el deporte y la recreación, por lo que hay que aprovechar estas iniciativas. Por cierto que este es el argumento más frágil, pues todo el año abundan las carreras para todos los gustos.

·      La gente necesita desfogues y la “muni” (con minúsculas) los provee, aunque el resto de la población tenga que sacrificarse un poco.

Palabras más palabras menos, este repertorio parece agotar la defensa de esta actividad por demás contradictoria. No entraré en más detalles alrededor del “razonamiento” porque lo que me interesa no es demostrar la manipulación, que obviamente la hay, sino la apabullante falta de formación política de las grandes mayorías, aún de las que dispusieron del privilegio de contar con instrucción universitaria (educación superior es otro nivel).

Imparto el curso de Ciencia Política a estudiantes de la Universidad de San Carlos, quienes desde los primeros días de clase aprenden la relación de lo político y la política. Para demostrar que todo, absolutamente todo, pasa por esos conceptos, genero cuestionamientos como los siguientes: ¿Consideran que las elecciones de reina de belleza, de hermandades religiosas, de dirigentes de los comités únicos de barrio, la fijación de precio para marbetes de seguridad en las colonias, las dinámicas en redes sociales, o cualquier actividad NO relacionada con partidos, acciones legislativas o elecciones generales, carecen de contenido político?  ¿Consideran adecuado que alguien se pueda definir como apolítico? ¿Qué piensan de aquellas personas que no se interesan por lo público ni la interacción social y por tanto se consideran totalmente ajenas a este ejercicio ciudadano?

Aparte del rechazo y desprecio por la política (en términos generales) muchos creen que la actividad privada carece de politicidad y que las personas pueden vivir al margen de lo político y la política, lo cual, es completamente falso. Este tipo de pensamiento es pariente muy cercano del razonamiento de “las ideologías ya no existen, no son necesarias”, así como el infaltable y risible: No soy de izquierda ni de derecha, sino todo lo contrario.

Pagar por usar el espacio público a los responsables de tantos problemas de la ciudad y correr en forma jubilosa y agradecida, supera los fenómenos del Síndrome de Estocolmo y la disonancia cognitiva. Es tan surrealista que solo puede explicarse por medio de la antropología social del trópico y las lecciones siempre sabias de la historia, que demuestran cómo el diseño de dominación, hace a los esclavos modernos, lamer las cadenas de su miserable condición, como lo menciona el himno nacional.

Cualquiera pensaría que la falta de agua potable, el pésimo sistema de transporte, el agobiante desorden vial o el inadecuado manejo de desechos sólidos, la proliferación del desorden urbanístico, la carencia de iluminación y áreas verdes, así como una larga lista de felonías, estafas, ausencias institucionales y apoyos comunitarios, provocaría –idealmente– que la población muestre un rechazo generalizado y organizado, oponiéndose a las actividades realizadas por sus verdugos, pero la realidad rebasa a la ficción. El malestar es aislado y temporal, por lo que no crea sinergia. La cultura finquera no es exclusiva de lo rural, pues los citadinos la reproducen de variadas formas.

La única explicación entendible queda para los pocos vecinos que han gozado de jardinización y pavimentación sostenible de sus guetos.  Para ellos, el agua no es problema porque cuentan con pozos propios y cisternas; tienen, además, los recursos para pagar vigilancia privada e invertir en las cuestiones que la Muni no arregla. Para ellos, vale más lo viejo conocido que lo nuevo por conocer, sin perjuicio que una administración conservadora como la de Quiñónez y los unionistas, empata con la primitivez propia de los privilegiados, que no necesariamente son élites.

Muchos confían en que la actual administración que ya dura 40 años, llegue a su fin en 2027, obviando el hecho que la segunda “opción” posible es la de otro conservador poco confiable: Creo y Canela, quienes, seguramente, harán mancuerna con el unionismo en el Concejo Municipal.  Muchos otros candidatos, comités y/o partidos de derechas harán lo propio.

Alternativas reales, transparentes, honestas y capaces no hay, por mucho que la gente elabore sueños opiáceos. Asumiendo la derrota próxima del unionismo, no será sepultura, porque del segundo lugar no bajan y las diferencias en votos no serán abismales. El sistema está diseñado para cubrir cualquier fisura o falla; cambian los nombres, pero no las perversidades.

¿Qué las carreras no son políticas? ¡Vaya si no!


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