Margaret Atwood regresa al mundo de “El cuento de la criada”

La escritora canadiense Margaret Atwood presenta este martes en Londres “Los testamentos”, la secuela del aclamado “El cuento de la criada” (1985), una distopía misógina aterradora que se erigió en verdadero manifiesto feminista en la era del movimiento #MeToo.

Su obra es “una advertencia” sobre la violencia ejercida contra las mujeres, dijo Melisa Kumas, una holandesa de 27 años quien asistía el lunes por la noche al lanzamiento, vestida de rojo para recordar al uniforme de las “criadas”.

Atwood “me hizo más consciente de la política que me rodea, ahora me fijo más en la actualidad… para asegurarme de que no ocurre lo peor”, decía a AFP antes de escuchar, al filo de la medianoche, a la novelista de 79 años leer en directo fragmentos de su nuevo libro a sus admiradores.

Este segundo tomo, que sale a la venta el martes, promete un enorme éxito: fue seleccionado para el Booker Prize 2019, la prestigiosa recompensa literaria británica, y su adaptación a la televisión ya está en curso.

Sigue así a su predecesor, cuyas ventas se vieron reavivadas por su adaptación a la pequeña pantalla, que alcanzó los ocho millones de copias en el mundo solo en su versión inglesa.

La versión española de “Los testamentos” sale a la venta el jueves.

Tía Lydia al desnudo

En 1985, Atwood imaginó un Estados Unidos convertido en “República de Gilead”, un país totalitario teocrático cuyos dirigentes violan, en ceremonias religiosas con la ayuda de sus esposas, a las mujeres capaces de procrear, las “criadas”, para quedarse con sus bebés.

Son reglas justificadas por un supuesto Dios omnipresente en las costumbres diarias, incluso en la forma de saludar: en Gilead, todas las conversaciones comienzan por la expresión “Bendito sea el fruto”.

En este oscuro mundo, una mujer, June, intenta sobrevivir. En el primer tomo, es ella la que hace descubrir al lector, a través de un monólogo angustiante, esta dictadura misógina, en el que se le impone el papel de criada reproductora y se le quita el de madre.

Porque June tiene dos hijas pero no tiene derechos sobre ninguna de ellas: la primera vive con una familia mientras la segunda, recién nacida, es enviada con su marido a Canadá.

“Los testamentos” cuenta su historia, 15 años después: en Gilead está Agnes, “preciosa flor” educada en la culpabilidad entre cursos de bordado y matrimonios forzados; y en Canadá, Daisy, una adolescente que pronto lamentará tener una vida demasiado ordinaria.

Pero es sobre todo la voz de una tercera narradora la que mantiene al lector en vilo: la tía Lydia, jefa maquiavélica de las “tías”, ese grupo de mujeres encargadas de esclavizar a sus compatriotas fértiles.

A lo largo de los capítulos, el lector descubre su pasado de mujer libre y las etapas de su transformación en un monstruo, construido por el instinto de supervivencia ante los hombres tiránicos, pero también por ansias de poder… hasta hacerse bastante poderosa para hacer temblar a quienes la dominan.

35 años buscando respuestas

Atwood tardó casi 35 años en concebir esta secuela, inspirada por las preguntas que le hacían sus lectores.

Treinta y cinco años dejan mucho tiempo para reflexionar sobre las respuestas posibles, que evolucionaron a medida que la sociedad evolucionaba y las hipótesis se hacían realidad, afirma la novelista al final del libro.

“Los ciudadanos de muchos países, incluido Estados Unidos, sufren hoy tensiones más fuertes que hace tres décadas”, afirma.

“El cuento de la criada”, que fue un gran éxito tras su publicación en 1985, se convirtió en un verdadero manifiesto feminista de los tiempos modernos tras su adaptación en serie televisiva en 2017, que le permitió llegar a un nuevo público.

En Argentina, Irlanda, Polonia, Hungría… las “criadas”, vestidas con capas rojas y grandes tocados blancos, se convirtieron en “un símbolo inmediatamente reconocible” en combates feministas como la defensa del derecho al aborto.

En Estados Unidos se convirtieron en un símbolo contra Donald Trump pero también en un altavoz del movimiento #MeToo, como una parábola de la deriva conservadora estadounidense desde su llegada al poder.