La Guatemala de ensueño sigue siendo un sueño

La Guatemala de ensueño sigue siendo un sueño

Preguntas del millón: ¿Ofrece Guatemala buenas condiciones para vivir? ¿Por qué países con menos recursos están mejor que nosotros? ¿Por qué estamos así?

Gonzalo Marroquín Godoy

A principios de los años 80 vino a la región centroamericana un excelente periodista francés, Juan Pierre Busquet, quien se hizo cargo de la oficina de la Agence France Presse (AFP) en San José, Costa Rica, desde donde tenía que viajar a los demás países del área para conocer a los corresponsales y tomar el pulso de esta región, sobre la que tendría que escribir durante los siguientes años.

Después de algunos meses en Costa Rica vino finalmente a Guatemala –yo era el corresponsal de esa agencia internacional de noticias– y quedó encantado con nuestro país, particularmente por sus bellezas naturales, la calidad de la gente, y ese pasado histórico que ha dejado imponentes huellas arqueológicas y una ciudad colonial que deslumbra.

Tanto le gustó Guatemala, que se convirtió en un visitante frecuente.  No sé cómo la Agencia decidió poner su sede en Costa Rica, si Guatemala es realidad el mejor lugar de Centroamérica.  Eso me dijo en cierta ocasión, porque estaba maravillado con lo que Guatemala ofrece como una primera impresión.

Quizás transcurrió un año y tras varias visitas de Jean Pierre,  su visión cambió completamente.  Ya entiendo la selección de Costa Rica para ser sede.  Se respeta la libertad de prensa, hay estabilidad política, económica y social, la justicia funciona y, aunque tiene menos que ofrecer a un turista, es mucho mejor en cuanto a calidad de vida. (Las frases textuales pueden haber sido diferentes, pero el fondo es lo que importa).

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Era la época de los gobiernos militares –Lucas García, Ríos Mont y Mejía Víctores–. Obvio que después del encanto inicial, pasó a comprobar una triste realidad nacional que, a pesar del paso del tiempo, no ha cambiado mucho globalmente, aunque hay áreas en las que se ha mejorado, en otras seguimos igual y en algunas estamos incluso peor.

Con sus ojos de periodista experimentado pudo palpar pobreza, desnutrición, niños estudiando en escuelas que dan pena, hospitales caóticos, abuso político, falta de justicia, discriminación y falta de oportunidades. Podría continuar, pero sería una lista interminable de problemas que no afloran a la primera vista de los visitantes, pero que están ahí y terminan opacando todo lo bello que ofrece el país.

No hace mucho escuché decir a alguien que la prensa es la culpable de la situación del país. ¿¿¿Qué??? La prensa independiente, la que no está comprometida con el oficialismo y no es sobalevas para obtener millonadas en pauta publicitaria –como la televisión abierta–, tiene la obligación de presentar lo mejor que pueda la realidad nacional, le duela a quien le duela.

¿Quién podría cambiar aquella realidad que terminó por desencantar a Jean Pierre? Me parece que la respuesta es simple: la clase política, de donde brota cada año el gobierno de turno.  Es desde las instituciones del Estado que se puede cambiar esa realidad tan triste y frustrante, aunque –justo es decirlo–, la sociedad tiene también un papel importante que jugar.

Lo que sucede es que el sistema político ha mostrado hasta la saciedad su fracaso.  De la misma manera que los gobiernos militares fracasaron en resolver los graves problemas que nos aquejan, los civiles que llegaron luego tuvieron el mismo resultado, aunque por un camino distinto.

Lo que pareciera que no queremos aceptar en toda su dimensión, es que se ha visto un marcado deterioro del sistema político, al extremo de estar en un momento de crisis enmarcada por corrupción, impunidad e incapacidad, reflejada esta última en hechos como la fracasada y opaca campaña de vacunación –reflejo de un sistema fallido de salud–, la pobre calidad educativa y la falta de oportunidades que expulsa a cientos de miles de guatemaltecos a buscar mejores oportunidades en Estados Unidos.

Pero en ese caminar de ir de mal en peor, hemos llegado al extremo de destruir la institucionalidad, lo que complica a futuro la búsqueda de soluciones. Basta con ver cómo se ha borrado totalmente la independencia del sector justicia –y quién lo niegue es ciego o cínico–, para comprender el hoyo en que nos encontramos.

Localicé uno de los muchos ránquines que miden la calidad de vida de los países.  Se toma en cuenta la estabilidad política y económica; el respeto a los derechos individuales; salud; seguridad; clima y costo de vida.  Entre 140 países medidos, ocupamos el número 112. Con 45/100 puntos y solamente Nicaragua, Haití y Venezuela está peor que nosotros en Latinoamérica.

En los años 80 no era difícil llegar a las conclusiones a las que arribó mi amigo y colega Jean Pierre. Lo triste es que tres décadas después no hay mejora… La culpa, la responsabilidad y el fracaso, no pueden atribuirse más que a la clase política que nos ha gobernado todos estos años.

Mi apreciación es que con este gobierno estamos camino a tocar fondo… lo que no quiere decir que dejemos de soñar con esa Guatemala de ensueño.