Alavés se planta y golpea al campeón Barcelona

  • Ibrahim Diabate al minuto 45 anota el único gol del Alavés que significó el triunfo contra el recien coronado FC Barcelona que no tuvo argumentos para ampliar su ventaja con el Real Madrid.

El campeón también sangra. Y en Mendizorroza, donde muchas veces se juega más con los dientes apretados que con el brillo, el Barcelona descubrió que la corona no garantiza inmunidad. El recién proclamado monarca de LaLiga se estrelló contra un Alavés desesperado, intenso y feroz, que encontró en Ibrahim Diabaté el gol de una victoria con aroma a salvación.

El 1-0 no solo sacó provisionalmente a los vascos del descenso: también rompió la inercia triunfal blaugrana y aguó una fiesta que apenas comenzaba.

Fue una noche de contraste absoluto. De un lado, un Alavés jugando como si le fuera la vida, porque literalmente le iba la permanencia. Del otro, un Barcelona con resaca emocional, campeón hace apenas unos días, pero irreconocible en competitividad, precisión y hambre.

El dato resume la dimensión del tropiezo: el Barsa no realizó un solo disparo a portería en todo el partido. Ni uno. Una cifra tan inesperada como alarmante para un equipo que venía de celebrar el título como la confirmación de su superioridad.

El conjunto de Hansi Flick presentó una versión desdibujada, espesa, casi burocrática. Tuvo posesión, sí, pero una posesión hueca, sin profundidad ni colmillo. El balón circuló, pero no dañó. Faltó ritmo, sobró comodidad y el campeón terminó pareciendo un equipo de exhibición más que uno de competencia. Sin la tensión de las jornadas decisivas, el Barcelona cayó en una peligrosa desconexión que Alavés detectó y explotó con inteligencia.

Porque el mérito del equipo babazorro fue enorme. No ganó por accidente ni por repliegue milagroso. Ganó porque entendió mejor el partido. Presionó con valentía, cerró espacios, incomodó la salida azulgrana y golpeó en el momento exacto.

Justo antes del descanso, al minuto 45, Ibrahim Diabaté encontró el premio a una primera mitad de máxima intensidad. Su gol fue mucho más que un remate certero: fue una descarga emocional para una grada que sabía lo que estaba en juego.

Diabaté apareció como aparecen los héroes inesperados en las temporadas agónicas: oportuno, decisivo y eterno para su gente. Su tanto no solo derribó al campeón, también devolvió esperanza a un club que pelea por seguir perteneciendo a Primera División.

En el segundo tiempo, se esperaba la reacción del Barsa. No llegó. Flick movió piezas, buscó variantes, pero su equipo nunca encontró claridad. Sin profundidad por bandas, sin imaginación entre líneas y sin agresividad en el área, el campeón quedó atrapado en una circulación inofensiva. Fue una derrota que expone un viejo riesgo incluso en los grandes equipos: la relajación después del objetivo cumplido.

Para Alavés, en cambio, el triunfo puede representar mucho más que tres puntos. Puede ser un punto de inflexión emocional. Ganarle al campeón, romper su racha y salir del descenso en una misma noche tiene el valor simbólico de una resurrección competitiva.

El fútbol, siempre dispuesto a romper guiones, recordó en Vitoria que los títulos celebran el pasado inmediato, pero no garantizan el presente. El Barcelona festejó su Liga… hasta que se encontró con un rival que todavía pelea por sobrevivir. Y cuando uno juega por orgullo mientras el otro juega por necesidad, muchas veces la necesidad termina imponiendo su ley.

Mendizorroza no fue escenario de homenaje para el campeón. Fue territorio de resistencia. Allí, Alavés defendió su lugar en Primera con una victoria de oro, mientras el Barcelona comprobó que incluso en la gloria, perder el hambre puede costar caro.

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