Aún con el dolor y la luctuosa emoción en torno al asesinato político de Juan Francisco Solórzano Foppa, sirva este ejemplo para explicar la importancia de la ciencia histórica, pues mientras el cronista registrará todos los detalles del magnicidio, muchos de ellos superfluos; el historiador se detendrá en lo estructural y su relación procesual con lo ocurrido, a afecto de dar una interpretación basada en evidencia y correlación histórica con la situación política, social, cultural y económica del país.
José Alfredo Calderón E. (Historiador y analista político)
El pasado viernes 16 de octubre se conmemoró el Día del Historiador, profesión ninguneada por el mismo sistema y la ignorancia popular. La fecha pasó desapercibida, como sucede con todas aquellas efemérides que a la historia oficial no le interesa recordar, y mucho menos honrar.
El punto de referencia es el discurso inaugural de la cátedra de Historia, dado por Alejandro Marure el 16 de octubre de 1832 en la entonces llamada Academia Superior de Estudios, hoy Universidad de San Carlos de Guatemala.
A casi 200 años, el regateo para reconocerle a la Historia el carácter científico que le corresponde, permanece. Desde los burdos calificativos de “contadores de cuentos” a la reducción anecdótica de la disciplina, la cual es parte fundamental de las ciencias sociales.
Cuando, a mis 24 años, asumí la jefatura en un banco, muy pocas personas sabían algo sobre mi profesión; luego llegué a gerente/director de entidades ajenas a la práctica de las ciencias sociales, y para no dar tantas explicaciones, dejé que la mente de compañeros, colegas y amigos volara, algunos pensaban que era abogado, o economista, administrador, psicólogo, sociólogo y/o politólogo. Esto hizo que, en las celebraciones gremiales, muchos me felicitaran en redes según la profesión que ellos creían que yo tenía.
Desde preguntas inocentes hasta malintencionadas, el común denominador era preguntarme inquietudes baladíes sobre Robin Hood, Beatriz de la Cueva o leyendas como el Sombrerón, El Cadejo o la Siguanaba. De nada servían las amplias explicaciones sobre las diferencias entre: periodistas sin formación, que se las llevan de historiadores, o lo que significaba el oficio de ser cronista y sus marcadas líneas de separación respecto a los historiadores científicos. Así mismo, es importante aclarar que ser licenciado en historia, no es lo mismo que ser historiador.
Aún con el dolor y la luctuosa emoción en torno al asesinato político de Juan Francisco Solórzano Foppa, sirva este ejemplo para explicar la importancia de la ciencia histórica, pues mientras el cronista registrará todos los detalles del magnicidio, muchos de ellos superfluos; el historiador se detendrá en lo estructural y su relación procesual con lo ocurrido, a afecto de dar una interpretación basada en evidencia y correlación histórica con la situación política, social, cultural y económica del país. No es que los detalles no sean importantes, pero en este tipo de casos, es fácil caer en el morbo y la superficialidad.
Para muchos es hablar de la “independencia patria” como aquella pléyade de historietas en torno a personajes como la señora Dolores Bedoya, la de los cuetes y la marimba según las narraciones oficiales, o de la lucidez y valentía de los próceres “que lucharon un día en patrio ardimiento”, término que solo cupo en la imaginación de los escritores de la historia oficial. A los historiadores nos ocupan cuestiones fundamentales como el carácter de clase de la independencia, el entorno mundial que le sirvió de marco, el papel de la familia Aycinena, la traición del Brigadier Gavino Gaínza, la relación con las Cortes de Cádiz y antes, de la invasión napoleónica y porqué se define el proceso independentista, como una farsa que se basó en el Plan Pacífico fraguado por la oligarquía criolla. Que todo cambie para que nada cambie (gatopardismo puro y duro) fue la consigna.
Mi oficio de analista político, así como de docencia universitaria, me permitieron retomar mi perfil de historiador, el cual, trato de plasmar en los artículos que escribo semanalmente aquí, en la Revista Crónica, y en El Periódico Investiga. El análisis me permite ver el árbol sin dejar de ver el bosque, y viceversa. Allí donde las otras disciplinas no logran integrar las partes del todo, irrumpen regias y frondosas las enseñanzas del materialismo histórico, como herramienta fundamental de conocimiento, interpretación y propuesta.
Aunque existen muchas definiciones, me sigo quedando con la tradicional, que adopté como propia: la historia es el estudio del pasado, para la comprensión del presente y la planificación del futuro. Ninguna otra ciencia (a no ser la filosofía) tiene el carácter global e integral de la disciplina que hoy nos ocupa.
Ahora bien, la historia no puede realizar todo su trabajo sin el valioso auxilio de la antropología, la psicología social, la sociología y la ciencia política, entre otras. Aldous Huxley afirmaba que el conocimiento histórico se emplea a menudo para legitimar ideologías contemporáneas en lugar de servir como una herramienta crítica para prevenir futuras crisis. El reto hoy es revertir la sentencia del pensador inglés: “Quizá la más grande lección de la historia es que nadie aprendió de las lecciones de la historia”.
Cierro con la imperiosa necesidad de exigir justicia en el caso de la ejecución extrajudicial de Juan Francisco Solórzano Foppa. Que el Estado no busque chivos expiatorios, normalmente operativos, sino que revele públicamente lo que todos sabemos: la responsabilidad de los de siempre, ahora ampliados en una alianza criminal abominable.
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