PROVOCATIO: 40 años de democracia controlada


La ciudadanía debería poner sus barbas en remojo, porque lo que estamos presenciando ahora con las elecciones de segundo grado, es apenas un aperitivo de lo que se vendrá en 2027 con los comicios generales.


José Alfredo Calderón E. (Historiador y analista político)

El 14 de enero recién pasado se cumplieron 40 años del regreso del poder civil formal. La fecha pasó desapercibida para la mayoría, lo cual contradice la euforia de quienes, constantemente, hablan de los peligros de perder la democracia que supuestamente gozamos.

La larga dictadura militar de 1954 a 1985 se mantuvo entre golpes de Estado y elecciones fraudulentas, pero desde la elección de Marco Vinicio Cerezo Arévalo, se entró en un período que nunca fue una democracia real pero que, formalmente, tampoco era dictadura. Para resolver esto, el término consensuado fue el de “apertura democrática”.

Estados Unidos había convencido (a regañadientes) a la élite oligárquica y al ejército, que ya era necesario construir una vitrina política que diera algunas libertades, siempre y cuando, no pusiera en riesgo dos cosas: el modelo económico conservador y los privilegios de la clase dominante que, durante muchos años, fue fiel servidora para mantener tranquilo el patio trasero de EE. UU.

Esta especie de concesión se dio, sí y solo sí, después de garantizar la victoria militar sobre la insurgencia revolucionaria, la cual se había dado en 1983; que la firma de la paz se haya dado hasta 1996, es un tema para posterior análisis. El procedimiento a seguir ya tenía un antecedente exitoso, pues el 31 de marzo de 1963, ante la convulsión social e inicio de la lucha armada en Guatemala, se da un golpe de Estado al gobierno del general José Miguel Ramón Ydígoras Fuentes, por parte de su propio ministro de la Defensa, el coronel Enrique Peralta Azurdia, alias “El Pollino”, quien instala una Asamblea Nacional Constituyente restringida, que produjo la penúltima Constitución.

El guion se repite con otro golpe de Estado al gobierno del general Fernando Romeo Lucas García el 23 de marzo de 1982 y luego el siguiente, el 8 de agosto de 1983. En el primero, se instala una junta de gobierno (un triunvirato) que luego deja en soledad a otro general, José Efraín Ríos Montt quien, a su vez, es defenestrado por el también general Oscar Humberto Mejía Víctores.  Hasta suena divertido este juego de generales y coroneles, pero así fue la dinámica de esta ex capitanía general del reino, en esos años previos a la democracia controlada que vino posteriormente.  

Al igual que en 1965, 20 años después, se instala una Asamblea Nacional Constituyente (ANC), bajo el férreo control de los militares y las élites ultraconservadoras. No es difícil imaginar las estrechas condiciones de maniobra para los políticos democratacristianos, que eran la única oposición legal y lo más cercano a una supuesta izquierda que, por supuesto, no lo era.  Sin embargo, el sistema necesitaba legitimarse y qué mejor forma que presentar una ANC aparentemente plural, en el que la DC representaba la “izquierda”, la Unión del Centro Nacional (UCN) el “centro” y el Movimiento de Liberación Nacional (MLN) la extrema derecha.

Los enfrentamientos armados continuaban, sobre todo en el área rural, aunque con menos intensidad y éxito insurgente. Es por esto que la democracia formal, la que se basa solo en eventos electorales, no podía soltarse sin restricciones.

Después de la firma de los Acuerdos de Paz y el proceso fallido para implementarlos, la “democracia” guatemalteca inicia un deterioro sensible con la llegada del Frente Republicano Guatemalteco (FRG) en el año 2000, con Alfonso Portillo Cabrera como presidente electo y el general Ríos Montt como el verdadero poder detrás de la silla presidencial. En esta época empieza a desaparecer la llamada “clase política”, cediendo espacio a un grupo de palurdos que constituyen vergüenza ajena, pero que empiezan a pulular en el escenario electorero.  

En Guatemala solo existieron tres partidos políticos en el estricto sentido del término: MLN, DC Y PGT. La inconsistente existencia del partido Comunista (por razones obvias), se sumó a la desaparición del MLN en 1995 y posteriormente de la DC en 2007. El escenario entonces, se limitó a plataformas electoreras sin políticos de carrera, surgiendo pseudodirigentes y caudillos que provenían –y aún provienen– de los sectores menos calificados y probos de la sociedad. Literalmente, CUALQUIERA puede jugar a la política y optar a cargos para los que no están ni lejanamente preparados.

La debacle empezó con el regreso de los militares al poder formal, mediante el gobierno del Partido Patriota que no pudo terminar su período, pero el abismo se conoció con la llegada de Jimmy Morales, seguido por Alejandro Giammattei. Luego vino un accidente casual, un gobierno que se vendió como socialdemócrata (igual que Álvaro Colom) pero que, en la práctica, es algo muy diferente.

Se insiste en llamar democracia a este juego electorero que se define por la recurrencia de elecciones cada 4 años, pero que nada tiene que ver con una verdadera democracia.  Quizá por eso, la conmemoración de los 40 años, pasaron desapercibidos y el hastío de la población se acrecienta, aunque increíblemente, sigue sosteniendo con su voto a este remedo democrático.

La ciudadanía debería poner sus barbas en remojo, porque lo que estamos presenciando ahora con las elecciones de segundo grado, es apenas un aperitivo de lo que se vendrá en 2027 con los comicios generales. Las victorias pírricas emocionan, pero seguimos lejos de un cambio sistémico real.


LEE ADEMÁS:


 

Deja una respuesta