- En el «Encuentro con la realidad social de Casavalle» el Papa León XIV escuchó, durante su segundo día en Uruguay, los testimonios de la comunidad y se sumó, con alegría, a ese llamado a abrir el corazón y «compartir el triunfo de la vida».
Vatican News
Ariana Pernía Paolini
A las palabras de bienvenida que brindó el párroco de Nuestra Señora de Guadalupe, Pablo Coimbra, y el arzobispo de Montevideo, el cardenal Daniel Fernando Sturla, se sumaron tres testimonios que entrañan la realidad de Casavalle, el barrio uruguayo más afligido por la pobreza en Montevideo.
La presencia del Santo Padre en el barrio significó para los presentes un signo de que «la Iglesia no nos abandona», de acuerdo a lo expresado en su discurso por el padre Coimbra, quien, con gran emoción, manifestó ante los presentes que la llegada del Papa es un recuerdo de que él no se olvida de los uruguayos y los «tiene en su corazón».

La Iglesia hoy demuestra, advirtió el sacerdote, «que camina y sufre con nosotros, que nos sostiene y alienta en la esperanza. En la Iglesia no nos sentimos al margen, estamos en el corazón mismo de ella». En concordancia con sus palabras, el cardenal Sturla expresó al darle la bienvenida a Casavalle al Santo Padre que «es ésta una Tierra de dolor: donde la pobreza, la falta de oportunidades y la violencia manifiestan la fragmentación de nuestra sociedad uruguaya», pero, a pesar del contexto de vulnerabilidad socioeconómica, «es una tierra de amor, de entrega cristiana».
«Aquí sacerdotes, religiosas, laicos, dejan su vida para amar y servir … aquí muchos jóvenes voluntarios donan su tiempo por los hermanos que sufren. Aquí hay una comunidad cristiana viva. No se trata de planes teóricos sino de entrega amorosa y cotidiana, que lleva decenas de años».
El amor de Dios llega a todos a través de la Iglesia
Angélica, Alan y Katherine encarnaron las voces y el sentimiento compartido entre los habitantes de Casavalle; recordaron al Papa León cuál es la realidad colmada de dificultades que atraviesa la comunidad pero, también, manifestaron ser la prueba de que la fraternidad, la caridad y, sobre todo, la fe, labran el camino hacia un futuro mejor.
Fue Angélica Ferreira quien inició, tras expresar su agradecimiento al Santo Padre por su visita, con un testimonio que atañe a todo el barrio, «la memoria viva de un amigo entrañable de nuestra gente, un hombre de Dios, Isidro Alonso, el Padre Cacho».
El candidato a los altares, que dedicó su vida a servir en los sectores más pobres de Uruguay, desde donde obró con amor y atendió con caridad al prójimo que sufría, demostró a los fieles que el trabajo solidario, la defensa de la dignidad y el aceptar ser instrumentos del amor de Dios, transforma vidas, transforma comunidades:
«Era un hombre sencillo, de mucha escucha, de hablar pausado y de mirada limpia, en sus ojos descubrimos la ternura de Dios. En un humilde ranchito de chapa y cartón, como todos los que se levantaban en medio de la basura, eligió hacerse nuestro vecino. Vino a encontrarse con Dios y nos ayudó a ver a Aquél que puede cambiar la muerte en vida, y la negación en esperanza».

Por su parte, Katherine Silva, vecina y madre de la comunidad, compartió su experiencia como sobreviviente de la violencia y el abuso; ella, narró ante el Santo Padre, cómo la Iglesia le tendió la mano, la arropó con paciencia y amor, en el momento de su vida en el que creía no poder tener una segunda oportunidad.
«En el retiro “Mi Revolución” pude mirar mis heridas, perdonarme, pedirle perdón a Dios y volver a Él. Hoy puedo abrazar a mi hija, jugar con ella y sentirme madre […]. Por eso le pido a usted y a la Madre Iglesia que no nos suelten la mano, que nos miren a los ojos y nos digan: Vamo y vamo, que se puede, porque Dios y la Virgen nos agarran de la mano, nos sostienen y nos impulsan hasta el final».
Posteriormente, Alan Bertaco, vecino y padre que hace vida en la comunidad, egresado del Liceo Jubilar Juan Pablo II, relató cómo en esa institución encontró el apoyo de la Iglesia a través de esas personas «que creyeron en mí y me acompañaron. Cada día, al llegar recibíamos abrazos apretados que nos daban fuerza para “cachetear el destino” y creer en un futuro diferente».

Gracias al impulso que le dio el liceo Jubilar, Alan logró continuar sus estudios hasta recibir «la tecnicatura»; sin embargo, en su vida se presentaron nuevamente grandes pruebas; una de ellas, fue las complicaciones de salud de su hijo Bruno, que nació cuando tenía sólo 30 semanas, «una tarde nos dijeron que ya no había nada para hacer, solo acompañarlo y esperar».
A pesar del diagnóstico desesperanzador, Bertaco no perdió su fe, sino que se aferró a la voluntad de Dios y hoy, ante miles de personas, acercó a su hijo, Bruno, al Santo Padre para recibir su bendición.
“«Uno no puede quedarse con lo recibido para sí: Jesús nos enseña a mirar al que tenemos al lado y servir […]. Hoy, con Bruno a mi lado sentimos que nos toca tender esa mano, porque servir también es una forma de agradecer. Santo Padre le pedimos la bendición».”
