- El presidente del Gobierno español evitó nombrar a Donald Trump y a Estados Unidos en su discurso ante la Asamblea General, pero sus señalamientos fueron fuertes.
- Sin embargo, sus críticas a los recortes de ayuda, el desprecio por las instituciones y la idea de que las grandes potencias pueden actuar solas dejaron clara la dirección de buena parte de su mensaje.
Redacción Crónica
(Con información de la ONU)
Pedro Sánchez llevó a la Asamblea General de las Naciones Unidas una advertencia que fue más allá de la defensa habitual del multilateralismo: hay dirigentes que, a su juicio, buscan debilitar a la ONU y el sistema de reglas sobre el que se ha organizado la convivencia internacional. No mencionó a Donald Trump ni a Estados Unidos, pero describió políticas y actitudes que permiten reconocer una crítica a la actual administración estadounidense. También apuntó a otros gobiernos, y sí nombró expresamente a Benjamin Netanyahu al hablar de Gaza.
Sánchez habló de fuerzas «egoístas, ignorantes y crueles» que han llegado al poder, han emprendido guerras, han retirado ayuda a quienes sufren y han conspirado para destruir la organización y lo que representa. La fuerza de ese pasaje reside en que presentó esos hechos como partes de una misma visión política: la creencia de que un país suficientemente poderoso puede prescindir de los demás y quedar libre de las reglas que exige cumplir a otros. Esa es una interpretación del discurso, no una acusación que Sánchez haya dirigido por nombre a Trump.
La crítica dirigida a una estrategia
El presidente español concedió que la ONU tiene contradicciones y carencias. Su argumento fue que algunas de las voces que hoy proclaman su fracaso contribuyen a provocarlo. La distinción importa: cuestionar la eficacia de Naciones Unidas puede abrir paso a reformas; restarle recursos, autoridad y respaldo político reduce su capacidad de actuar y después facilita señalarla como inútil. Sánchez situó ahí el peligro para el orden internacional que conocemos.
Su alusión más reconocible a Washington llegó al contraponer los recortes de la ayuda mundial para el desarrollo con el aumento que atribuyó a la cooperación española. También rechazó la idea de que las potencias puedan abusar de otros países porque no necesitan a nadie para prosperar. Son críticas a políticas y principios asociados con Trump, aunque el alcance de sus palabras no se limita a él: Sánchez incluyó en el mismo cuadro las guerras de agresión, la situación de Gaza y los ataques a la legalidad internacional.
Esa amplitud le permitió evitar un duelo personal desde la tribuna de la ONU. Su propósito fue plantear una disputa de fondo: si las decisiones sobre la guerra, la ayuda humanitaria, las migraciones o el clima deben someterse a compromisos comunes, o si cada potencia puede imponerlas según su fuerza. Dos días antes, en un encuentro sobre multilateralismo, Sánchez ya había defendido instituciones más inclusivas y advertido que una respuesta basada en pequeños círculos de países afines agravaría la fragmentación del mundo.
Defender la ONU también exige reformarla
El discurso no se quedó en pedir confianza en la institución. Sánchez propuso reformar el Consejo de Seguridad para ampliar la representación regional y acabar con el veto de sus miembros permanentes. También pidió fortalecer la justicia penal internacional, reconstruir los acuerdos de desarme nuclear y regular el poder de las grandes empresas tecnológicas sobre las redes sociales y la inteligencia artificial. Son propuestas de gran alcance, cuya realización dependería de acuerdos que hoy resultan difíciles de conseguir.
Ahí está la tensión principal de su mensaje. Los países que más capacidad tienen para sostener o bloquear esas reformas son, en buena medida, los mismos cuyo poder pretende limitar. La ONU necesita cambios para responder a las crisis actuales, pero difícilmente podrá hacerlos si sus miembros más influyentes dejan de aceptar que también ellos están sujetos a reglas.
Para países como Guatemala, esa discusión tiene consecuencias concretas. El derecho internacional y los organismos multilaterales ofrecen espacios de negociación y mecanismos de protección que un país pequeño no puede reemplazar con poder económico o militar. La ONU no garantiza por sí sola que esas reglas se cumplan; su debilitamiento, sin embargo, dejaría aún menos límites frente a las decisiones de los más fuertes.
Sánchez cerró con una pregunta dirigida a las generaciones futuras: qué hicieron los gobiernos cuando algunos países comenzaron a quebrar las reglas y otros optaron por mirar hacia otro lado. Más que una frase de cierre, fue el eje de su intervención. Sin pronunciar el nombre de Trump, puso sobre la mesa la responsabilidad de quienes presionan a la ONU, de quienes deben reformarla y de quienes todavía esperan que sus principios tengan efecto fuera del salón de la Asamblea.