La inacción y la conducción errática del gobierno desde el primer año de gobierno, ha ido generando descontento y se ha convertido en una bomba de tiempo, que pasó de la euforia inicial por las expectativas que se tenían, a una decepción que ya alcanza, incluso, a quienes han defendido al mandatario en forma incondicional y hasta prestándose a actuar como net gratuito, contra lo que veían como ataque contra la democracia.
José Alfredo Calderón E. (Historiador y analista político)
El viernes 4 de septiembre escribí sobre el maniqueísmo como arma, tal si hubiera intuido lo que pasaría días después, con las protestas por el alza del combustible, entre otros. https://epinvestiga.com/opinion/el-maniqueismo-como-arma/
En primer lugar, es un error pensar que las manifestaciones se deben exclusivamente al precio de las gasolinas y el diésel que, por supuesto, generan un efecto en cadena que encarece los precios de productos y servicios en general. Sin el malestar general por otros motivos, las protestas no hubieran alcanzado estas dimensiones ni hubiesen tardado varios días. En otras ocasiones, y por similares causas fueron como llamarada de tusa, con una duración de un par de días.
Otro error es pensar que la población responsabiliza al presidente únicamente por los incrementos, sin perjuicio que un segmento poblacional sí lo haga. La inacción y la conducción errática del gobierno desde el primer año de gobierno, ha ido generando descontento y se ha convertido en una bomba de tiempo, que pasó de la euforia inicial por las expectativas que se tenían, a una decepción que ya alcanza, incluso, a quienes han defendido al mandatario en forma incondicional y hasta prestándose a actuar como net gratuito, contra lo que veían como ataque contra la democracia. Lo que se hizo y dejó de hacer, tarde o temprano pasa factura, con énfasis en lo que pasó con la Universidad de San Carlos que, en mi opinión, fue el momento que marcó el detonante. Es evidente la disparidad de las acciones cuando se trata de reprimir a manifestantes democráticos (la USAC como ejemplo), en contraposición a la lenidad observada para combatir el crimen y las mafias políticas, tanto empresariales como la de sus operadores en los organismos del Estado.
Para el gobierno, la defensa oficiosa de su desempeño no era suficiente, por lo que tomó la vieja arma de gobiernos anteriores: el maniqueísmo. “Todo aquel que nos critique, está en contra nuestra y a favor del pacto de corruptos”, cuando es evidente que la lucha contra la corrupción fue una gran mentira y que el cambio en el Ministerio Público, desnudó que la tía Consuelo no era la causa del 100% de los desaciertos e inefectividad del Ejecutivo. Incluso, los proveedores del Estado, siguieron siendo en su mayoría, los mismos que hicieron grandes negocios durante las gestiones del partido Patriota, el FCN-Nación de Jimmy y Vamos de Alejandro Giammattei. Si bien los niveles de corrupción no han sido los mismos, por mucho, todas las semanas nos enteramos de más de un caso de opacidad gubernamental.
Pensar que la mala gestión no generaría conflictos ha sido iluso, pero un error mayor es reaccionar con prepotencia a cualquier crítica. Es aquí donde el maniqueísmo se potenció, tal y como sucedió en la guerra interna de 36 años, en la que los gobiernos militares dividieron entre buenos y malos la ecuación política, por un lado, “la luz” (sarcasmo): el ejército, las élites y la administración gubernamental de turno; y por otra, la oscuridad: estudiantes, campesinos, obreros, líderes religiosos y de la sociedad civil, intelectuales y varios grupos más que luchaban por la justicia y la verdadera democracia, no la caricatura que hoy se mantiene.
Soy parte de los muchos que defendimos desde distintas plataformas la transición hacia un gobierno electo, arriesgando mucho en 2023, sin perjuicio de nuestras luchas históricas anteriores. Las acciones no fueron a favor de una persona (Arévalo) sino de un proceso, si bien viciado y puramente formal como es el sistema electorero de nuestro país, pero que, según el pensamiento general en ese momento, podría impulsar algunos cambios que nos harían salir del marasmo en el que –tristemente– seguimos imbuidos.
Al igual que muchos países, Guatemala ha continuado con el guion: Una pésima gestión de gobiernos autodenominados de “centro-izquierda” o “progres” (sin serlo realmente) le abre las puertas a la extrema derecha para retomar el poder formal, pues el real nunca lo han perdido.
Volviendo a las protestas, es obvio que, en “río revuelto, ganancia de pescadores” y las acciones anárquicas permiten que toda clase de oportunistas y mafiosos, aprovechen la ocasión. De igual forma, señalar que todas las manifestaciones, sobre todo las que implicaron bloqueos, son democráticas y genuinas, no solo es iluso, sino que puede ser hasta perverso. La relación de los operadores de siempre, es más que obvia, léase la bruja y el chancho, así como la de sus secuaces más poderosos, que junto a ellos trascienden el pacto de corruptos para convertirse en la alianza criminal, distinción sobre la que ya he escrito en varias ocasiones.
Las mafias supieron capitalizar el descontento y llevaron agua a su molino y un gobierno verdaderamente democrático y sólido, pudo haber convocado al pueblo para contrarrestar en 24 horas estos ataques, pero su decadente popularidad se les ha revertido, pesando más el temor de un fracaso en la convocatoria.
Aunque en el papel parezca el intento de un golpe de Estado, yo afirmo que la intención es producir más desgaste a este gobierno débil, timorato y que traicionó los postulados iniciales que prometió defender. La razón es muy sencilla y la historia registra diversos acontecimientos similares como los gobiernos de Vinicio Cerezo y Ávaro Colom, que eran más fuertes incluso. El debilitamiento prepara el terreno, no tanto para botarlos, sino para obligarlos a negociar en condiciones muy desventajosas.
Aunque la actual gestión ha sido muy generosa con muchos empresaurios, estos buitres son insaciables y saben que siempre pueden exprimir más. Para terminar de amolar el cuadro, la lenidad en la lucha contra la corrupción y sus operadores mafiosos, ha terminado por debilitar, aún más, un proyecto que quiso ser y, por supuesto, no fue.
Para cerrar, tan inexacto es encasillar las protestas como totalmente legítimas, como tratar de esconder el hastío de muchos y señalar como delincuentes a todo aquel que proteste, según lo dijo el mandatario en su última alocución.
El tiempo venció y ya entramos en plena campaña electorera, por lo que no se puede aspirar a un cambio en el accionar gubernamental, ya que solo les queda una empobrecida gestión de riesgos y llegar a la orilla el 14 de enero de 2028, con la venia del imperio del norte, la cual, ya no es tan asegurada, como se creía.
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