La democracia no es solo un sistema de votación. Es un compromiso con la vida, con la infancia y con el futuro. Si provee salud, educación, seguridad y empleo, entonces cumple su cometido».
Jaime Barrios Carrillo
Consecuencia directa de la ausencia de democracia es la extensión de la pobreza. Se acentúan las carencias hasta traspasar el límite de lo esencial para vivir: muertes de niños por hambre, altos índices de desnutrición infantil. El resultado es el escape desesperado de una migración incontrolable. La gente guatemalteca y de otros países con déficits democráticos sueña con Estados Unidos, no por capricho, sino por supervivencia. La ecuación debería ser simple: más democracia, menor pobreza. Pero la realidad es muy dura cuando la democracia no alimenta.
La democracia no es solo un sistema de votación. Es un compromiso con la vida, con la infancia y con el futuro. Si provee salud, educación, seguridad y empleo, entonces cumple su cometido. Democracia que no se desarrolla se convierte en un mero ritual. Y cuando falla en lo más básico, cuando permite que los niños mueran de hambre mientras los corruptos se enriquecen, entonces la democracia no es más que una gran farsa.
Guatemala, el espejo roto
En Guatemala, los principales problemas incluyen corrupción estructural, debilidad institucional y profunda desigualdad social. Altos índices de pobreza y desnutrición crónica, impunidad y altos niveles de violencia limitan demasiado el desarrollo humano y propician la migración masiva. La pobreza aumentó, mientras la riqueza se concentraba en menos manos y las clases medias se debilitaban. La teoría de la autorregulación del mercado como único mecanismo creador de bienestar ha colapsado.
La inviabilidad de una sociedad se mide cuando exporta gente a causa de la pobreza. Los indicadores son claros: el sistema produce miseria, exclusión y sufrimiento social. La mayor amenaza es la cooptación del Estado por un bloque histórico de corruptos que ejercen la hegemonía y mantienen conexiones con el narcotráfico y el crimen organizado. De nuevo: la corrupción estructural es el gran enemigo de la democracia en el país.
El teatro electoral y la clase política
La clase política guatemalteca ha convertido las elecciones en un espectáculo donde el guion se repite cada cuatro años con actores que cambian de disfraz pero no de intereses. Los partidos políticos han dejado de representar a la ciudadanía para convertirse en vehículos al servicio de intereses económicos particulares. La proliferación de más de 25 partidos sin ideología ni agenda clara es el reflejo de esta crisis. Se ha instalado un «teatro negro” que combina la oscuridad con efectos visuales sorprendentes. Se trata de una especie de circo con sus malabaristas y actos de magia. A esta clase política solo le interesa el “cratos” es decir el poder y no el “demos” o sea el pueblo, la ciudadanía, las personas.
Mientras la ciudadanía presencia esta maniobra de democracia, el control del poder se ejerce desde el sistema de justicia, a través de la criminalización sistemática de las voces críticas, instaurando una atmósfera de miedo y amenaza. No es una contingencia que más de cuarenta jueces y fiscales y muchos periodistas se encuentren hoy en el exilio.
La infancia como termómetro de la democracia
¿Qué se dirá dentro de 100 años sobre nuestra época, cuando ser niño resulta casi un delito, castigado con la pena de muerte por inanición o enfermedad, o con el trabajo forzado en lugar de la escuela y el juego? El que no ha sido niño difícilmente podrá desarrollar su humanidad. La mitad de los niños menores de cinco años en Guatemala padece desnutrición crónica , un dato que evidencia el fracaso del sistema.
La Organización Internacional del Trabajo refería que en el país laboraban 800 mil menores de edad en malas condiciones. Esta situación parece no haberse superado. La infancia guatemalteca es explotada y se le induce a la criminalidad. Se abusa sexualmente de los niños, se roban niños, se asesinan niños. El infanticidio prolifera entre la pobreza y la ignorancia, junto a las drogas, la prostitución, el abandono y la violencia. En otras palabras: la infancia robada.
El desafío
¿Qué puede esperarse del futuro si no se cambian las estructuras del infanticidio estructural? ¿Cuántos niños nacidos en este siglo llegarán a la vida adulta? ¿Cuántos vivirán una vida plena, llena de realizaciones y felicidad?
El desafío es mayúsculo: construir una democracia que no solo represente, sino que proteja. Que no solo elija gobernantes, sino que garantice derechos con hechos. Que no solo hable de libertad, sino que haga posible que los niños sean niños. Como señala José Alfredo Calderón, la respuesta no está en la lógica electoral, sino en romper con una estructura política, social y económica que mantiene a la mayoría de la población en la pobreza mientras una minoría se beneficia enormemente.
Mientras la democracia siga siendo un disfraz para simular institucionalidad, las cifras de desnutrición infantil seguirán siendo la condena de un país que ha decidido olvidar a su infancia. En definitiva: Democracia que no protege a la infancia está muerta.
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