Fue miembro destacado del desaparecido partido político Democracia Cristiana y llegó a la presidencia en el primer evento electoral transparente después de largo período de gobiernos militares y denuncias de fraude electoral. Vinicio Cerezo dirige ahora la Fundación Esquipulas, que trabaja por el fortalecimiento de la democracia.
Gonzalo Marroquín Godoy
El cambio de gobierno el 14 de enero de 1986 marcó un punto, hasta ahora de inflexión, en la lucha por la democracia en Guatemala. El político que asumió el cargo, Vinicio Cerezo Arévalo, conversó con Crónica, con una visión retrospectiva y actual a la vez. En qué se ha fallado, cuál es la situación política y social del país cuatro décadas después de aquel momento histórico.
A continuación, lo más destacado de las opiniones del exmandatario democratacristiano.
Han pasado cuatro décadas desde que se inició la llamada “era democrática” en Guatemala y han pasado diez gobernantes elegidos popularmente por la presidencia… ¿Cree que Guatemala ha avanzado en la consolidación de la democracia?: Sí, pero no lo suficiente y es importante destacar que son 40 años de democracia y 30 de la paz, ambos procesos nos han permitido construir país. Nada de ello habría sido posible sin el punto de partida que marcaron los Acuerdos de Esquipulas I y II.
Hemos avanzado porque hoy los cambios de gobierno se hacen por la vía electoral y no por la vía de las armas. Porque las fuerzas políticas, con todas sus debilidades, se juegan el poder en las urnas y no en los cuarteles. Porque existe una ciudadanía más consciente, más informada y exigente. Porque a pesar de las crisis, la democracia se defendió en 1993, en 2015 y recientemente, cuando se quiso torcer la voluntad popular.
Pero también hemos retrocedido o nos hemos estancado en aspectos fundamentales: la exclusión social, la desigualdad, la corrupción, la cooptación de instituciones.
Si tuviera que sintetizarlo diría: hemos avanzado en la forma, pero estamos en deuda en el fondo. Tenemos elecciones periódicas y alternancia, pero todavía no tenemos un Estado al servicio de la dignidad de todas y todos los guatemaltecos.

¿Por qué cree que siguen los rezagos sociales tan marcados en el país (pobreza, mala calidad educativa, falta de oportunidades, desnutrición infantil, etcétera)? … ¿Es problema de la democracia o se podría decir que hay un fracaso de la clase política?: La democracia, por sí sola, no resuelve la pobreza ni la desnutrición. La democracia es una herramienta para que una sociedad pueda discutir sus problemas y acordar soluciones en libertad. El problema no es la democracia, el problema es cómo la hemos usado.
Yo no hablaría sólo de “fracaso de la clase política” como si fuese un grupo ajeno al resto de la sociedad, pero sí diría que ha habido una gran irresponsabilidad de muchas élites políticas y económicas, que vieron la democracia como un simple mecanismo para administrar el Estado, no como un proyecto de transformación nacional.
Los rezagos sociales que usted menciona, pobreza, mala educación, falta de oportunidades, desnutrición infantil, son el resultado de tres cosas:
- Un modelo económico profundamente desigual, que no ha sabido convertir el crecimiento en desarrollo para todos.
- Un Estado débil y muchas veces capturado, incapaz de garantizar servicios básicos con calidad y de manera equitativa.
- La renuncia de parte de la dirigencia política a pensar en términos de proyecto de país, contentándose con la administración de coyunturas.
La democracia no fracasó: fracasa cuando se la vacía de contenido social. Y allí sí hay responsabilidad de la clase política, pero también de sectores que se beneficiaron de un Estado débil y de una ciudadanía fragmentada.
Durante su gobierno sobrevivió a intentos de golpe de Estado por parte del ejército. ¿Considera que los militares han evolucionado democráticamente desde aquel tiempo?: Efectivamente, antes de llegar a la presidencia sobreviví intentos de asesinato y, en mi gobierno sobrevivimos a intentos de golpe de Estado, y eso habla de la tensión que existía entre la vieja cultura autoritaria y la nueva institucionalidad democrática. Fueron años en los que la democracia era todavía una apuesta frágil.
Desde entonces, las fuerzas armadas guatemaltecas han cambiado en varios aspectos: ya no son el actor político hegemónico; el control civil sobre la institución ha aumentado; y la doctrina militar se ha visto obligada a adaptarse a un contexto donde la solución política y negociada de los conflictos se impuso sobre la lógica de la guerra.
¿Eso significa que el proceso esté completo? No. Como en muchas otras instituciones, hay avances y riesgos. Creo que los militares, la gran mayoría, comprendieron plenamente su papel en una democracia moderna: subordinación al poder civil, respeto a los derechos humanos y profesionalismo en sus funciones constitucionales. Hoy la disputa principal por el poder ya no está en los cuarteles.

Volvamos a 1986… en aquel entonces los partidos políticos eran más sólidos. ¿Por qué el deterioro de los partidos políticos en este tiempo?: Esta no es una pregunta que tenga una sola respuesta.
En 1986, los partidos políticos en Guatemala, como en gran parte de América Latina, tenían vida orgánica: eran escuelas de formación doctrinaria, estábamos comprometidos con instaurar la democracia y estábamos en contra de los autoritarismos, No eran perfectos, pero representaban corrientes de pensamiento, clases sociales, intereses legítimos y proyectos de país.
El deterioro posterior no es un fenómeno exclusivamente guatemalteco; es parte de un cambio global en la relación entre ciudadanía, instituciones y representación política. Desde los años 90 empezaron a confluir varios factores:
La globalización debilitó la idea del Estado-nación como espacio suficiente de decisión, reduciendo el margen real de las políticas públicas nacionales. Esto hizo que muchos ciudadanos percibieran a los partidos como incapaces de cumplir lo que prometían.
La revolución tecnológica transformó la comunicación política, los partidos perdieron el monopolio del discurso político y muchos quedaron atrapados en estructuras del siglo XX intentando operar en una sociedad del siglo XXI.
La desconexión entre elites y ciudadanía produjo desafección democrática, alentando la aparición de outsiders, populismos y plataformas antisistema en varios países. Guatemala no escapó a esa ola.
La criminalización indiscriminada de la política generó el efecto contrario al deseado: en lugar de mejorar la calidad de la representación, expulsó a los cuadros valiosos y dejó espacio a oportunistas, operadores de intereses ilegales y financistas ocultos.
A eso se suma algo muy guatemalteco: la entrada de intereses económicos, legales e ilegales, al financiamiento electoral, lo que convirtió a muchos partidos en vehículos de negocios antes que en instrumentos de representación.
Es decir, la crisis de los partidos es el síntoma de una transición histórica: pasamos del mundo de los partidos doctrinarios al de las redes, las plataformas, los liderazgos personalistas y las democracias fragmentadas.
¿Eso significa que los partidos ya no sirven? Al contrario, sin partidos no hay democracia representativa sostenible. Pero se necesitan partidos nuevos, capaces de dialogar con una ciudadanía informada, horizontal, desconfiada y con expectativas más altas.
¿Es viable un sistema de partidos políticos con más de 30 partidos inscritos y ninguno de ellos con las características que debe tener un buen partido político?: Tal como está, no es viable ni sano. Un sistema de más de 30 partidos sin democracia interna, sin ideología clara, sin cuadros y sin transparencia no fortalece la democracia; la debilita.
La proliferación de partidos sin contenido responde a incentivos muy concretos: facilidad para inscribirlos, perspectivas de acceso a recursos públicos, negociación de cuotas. Es una inflación de siglas que confunde al elector y rompe la capacidad de construir mayorías estables y proyectos de largo plazo.
No se trata de reducir el número “por decreto”, sino de elevar los estándares: exigir democracia interna real, auditorías de financiamiento, niveles mínimos de formación política, vida partidaria entre elecciones, vínculos con la ciudadanía. Si se aplican reglas serias, el número de partidos se reducirá solo, porque sólo sobrevivirán aquellos que tengan fundamento y proyecto.
La pluralidad es buena y necesaria. La dispersión caótica, no.
¿Cree que es necesario refundar el Estado y hacer una profunda reforma constitucional por medio de una Asamblea?: En cuatro décadas de democracia y tres de paz, sin duda se hace necesario revisar lo que no está funcionando. Muchos aspectos de la Constitución vigente aún no se implementan, también es cierto que muchas cosas han cambiado de forma acelerada en este tiempo, pero una Asamblea Nacional Constituyente puede convertirse en un riesgo si se usa para concentrar poder, limitar derechos o capturar el Estado.
La pregunta no es sólo si necesitamos reformas, creo que sí, sino cómo las hacemos y desde qué correlación de fuerzas, con una representación auténtica del país, con un amplio consenso social.
Desde hace varios períodos la justicia perdió la independencia. ¿Puede haber democracia plena si hay grupos que cooptan instituciones del sector justicia?: No. Es imposible. Una democracia sin justicia independiente es como una casa sin cimientos: puede estar bien pintada, pero se cae ante el primer temblor. Cuando grupos de poder, económicos, políticos, criminales, capturan el sistema de justicia, lo que tenemos no es un Estado de derecho, sino un Estado de privilegios.
En Guatemala hemos visto cómo la cooptación de la justicia se utiliza para proteger a corruptos, perseguir a jueces y fiscales incómodos, y enviar el mensaje de que quien se atreve a enfrentar las redes de impunidad será castigado. Eso no es sólo una irregularidad: es una amenaza existencial para la democracia.
Usted puede tener elecciones, pero si los ciudadanos sienten que no hay ley que los proteja ni instituciones que respondan al interés general, el pacto democrático se erosiona hasta volverse letra muerta.
Recuperar la independencia de la justicia es, probablemente, la tarea más urgente.
Por último, ¿Cree que se rescatará el sector justicia en los procesos electorales institucionales en marcha (TSE, CC y fiscal general) ?: Yo soy, por vocación y por experiencia, un optimista responsable. No creo en la ingenuidad, pero tampoco en el fatalismo.
Los procesos de elección de autoridades del sector justicia han sido, muchas veces, espacios de negociación opaca. Sin embargo, hoy existe una ciudadanía más vigilante, medios más atentos y una comunidad internacional más consciente de la importancia de la justicia en Guatemala.
Nada está garantizado si la ciudadanía no participa, no vigila y no exige. Pero sí creo que estamos en un punto de inflexión: o permitimos que la cooptación se consolide por otra generación, o hacemos de estos procesos una oportunidad para empezar a revertirla.
El rescate del sector depende de una movilización ética y política de largo aliento: colegios profesionales responsables, universidades comprometidas, sociedad civil vigilante, actores políticos que entiendan que sin justicia independiente no hay futuro ni para ellos mismos.