
Una plantilla de jugadores, de cualquier equipo por pequeño aque sea, es capaz de sacar a un entrenador si no es de su agrado o no responde a sus intereses y me parece que eso fue lo que sucedió con Xabi Alonso (Real Madrid)…«
Hugo Castillo Aragón
El despido de Xabi Alonso del Real Madrid deja una sensación incómoda, de esas que no se disipan con el paso de los días. No tanto por la decisión en sí porque en el Real Madrid los entrenadores viven siempre con la soga al cuello, sino por lo que representa: la confirmación de que, en determinados contextos, el técnico es el eslabón más frágil de una cadena dominada por el peso del vestuario, el calendario y la tiranía del resultado inmediato.
Pero si profundizamos y vemos otros casos, estoy completamente seguro que una plantilla de jugadores, de cualquier equipo por pequeño que sea, es capaz de sacar a un entrenador si no es de su agrado o no responde a sus intereses y me parece que eso fue lo que sucedió con Xabi, quien llegó con grandes expectativas pero terminó en la calle.
Xabi Alonso llegó con una idea clara, con prestigio ganado desde el banquillo y con una identidad futbolística reconocible. Pero el Real Madrid no es un laboratorio táctico ni un proyecto a medio plazo: es una fábrica de títulos y alrededor de eso se mueve todo.
Cuando las piernas pesan más que los nombres, y cuando el calendario convierte cada semana en una final, el entrenador deja de ser arquitecto para convertirse en gestor de crisis permanente. El banquillo del Real Madrid tiene más presión que muchos presidentes de países mas o menos grandes.
Y ahí está el punto central de este debate: ¿puede un entrenador ser víctima de su propia plantilla? La respuesta, incómoda pero honesta, es sí. En equipos repletos de estrellas el poder no siempre se distribuye de manera vertical.
Hay jerarquías invisibles, egos acumulados, campeones que ya lo han ganado todo y jóvenes que quieren comerse el mundo sin esperar turnos. Si el vestuario no compra el mensaje, el discurso táctico se vuelve ruido de fondo.
El Madrid actual es un equipo que ha vivido al límite durante varias temporadas: finales europeas, ligas disputadas hasta el último suspiro, viajes interminables, ventanas FIFA mal ubicadas y un desgaste físico y mental que no siempre se refleja en los informes médicos.
Cuando llegan los meses decisivos, el margen de maniobra del entrenador se reduce a mínimos históricos. Rotar enfada, no rotar quema. Apostar por los jóvenes genera dudas, sostener a los veteranos provoca críticas. No hay solución perfecta.
Gestionar un equipo lleno de estrellas no es solo ordenar un once; es administrar emociones. Saber cuándo apretar y cuándo aflojar, cuándo proteger públicamente y cuándo exigir en privado. Pero incluso el mejor gestor necesita tiempo, algo que el Real Madrid concede con cuentagotas. Si el equipo no responde de inmediato, el foco se desplaza rápidamente del rendimiento colectivo al banquillo.
En este contexto, Xabi Alonso pagó un precio que otros antes que él conocen bien. No fue únicamente una cuestión de resultados, sino de sensaciones: partidos espesos, falta de frescura, decisiones que se analizan con lupa cuando la dinámica se tuerce. El entrenador pasa de visionario a sospechoso en cuestión de semanas. Y cuando eso ocurre en un club como el Madrid, la suerte suele estar echada.
La gran pregunta es si el problema era realmente el técnico o un modelo que exige competir al máximo nivel sin pausa, sin reconstrucciones reales y con una plantilla que acumula más minutos que certezas. A veces, despedir al entrenador es la salida más sencilla para no señalar a quienes juegan, para evitar un debate más profundo sobre planificación, rotaciones y gestión del calendario.
Xabi Alonso se va, pero el dilema permanece. Porque mientras el fútbol de élite siga girando a esta velocidad, los entrenadores seguirán caminando sobre el alambre. Y en equipos llenos de estrellas, el mayor reto no es diseñar sistemas ni pizarras: es sobrevivir a un vestuario que, consciente o inconscientemente, también juega su propio partido.
En el Real Madrid, como siempre, el banquillo vuelve a ser un lugar de paso. Y el técnico, una vez más, el rostro visible de un desgaste que va mucho más allá de él.
Y en el fútbol quiza ya no se necesite técnico, sino gestor, sicólogo, padre de familia o simplemente un tirano que ponga a los egos en su lugar.