- Las bandas escolares, las antorchas y el azul y blanco devolvieron el ambiente festivo a las calles.
- Bernardo Arévalo habló de un país en transformación, pero las celebraciones coincidieron con una crisis por los combustibles, amenazas de nuevas protestas y el peor resultado regional para su imagen presidencial.
Redacción Crónica
El sonido de los tambores, las liras, las trompetas y los bronces volvió a dominar el Centro Histórico. Desde las primeras horas del 15 de septiembre, estudiantes, familias, cadetes y músicos ocuparon la Séptima Avenida para conmemorar los 205 años de la independencia de Guatemala.
Las banderas azul y blanco aparecieron en edificios, viviendas y vehículos. Los corredores de antorchas cruzaron calles y carreteras, los desfiles escolares recuperaron su protagonismo y las bandas mostraron las coreografías preparadas durante meses. En los departamentos, las celebraciones se repitieron con izadas de bandera, actos escolares, música, trajes regionales y expresiones de orgullo patrio.
En la capital, 122 bandas escolares, organizadas en ocho bloques, recorrieron durante aproximadamente cinco horas la ruta que comenzó en la 18 calle y Séptima Avenida de la zona 1. Los Gastadores de la Escuela Politécnica abrieron el desfile con paso marcial y detrás avanzaron estudiantes de establecimientos públicos y privados. Miles de personas ocuparon las aceras y los alrededores de la Plaza de la Constitución para observar el recorrido.
Fue una jornada de color, ruido y tradición, pero también una celebración desarrollada sobre una realidad política y social mucho menos festiva. Guatemala llegó al aniversario de la independencia después de una semana de bloqueos, enfrentamientos, dificultades para distribuir combustibles y protestas contra el precio de las gasolinas y el diésel.
El azul y blanco cubrió momentáneamente las calles, pero no hizo desaparecer el descontento.
Arévalo observa el desfile desde el Palacio
El presidente Bernardo Arévalo, portando la banda presidencial, observó el desfile desde el frontispicio del Palacio Nacional de la Cultura. Lo acompañaron la ministra de Educación, Anabella Giracca; el ministro de Gobernación, Marco Antonio Villeda; el gobernador departamental de Guatemala, Mauricio Benard Alvarado, y otros funcionarios.
Desde el palco oficial, el mandatario aplaudió a las delegaciones y reconoció el esfuerzo de estudiantes, cadetes, maestros y músicos. Su presencia tuvo un significado político adicional: apenas dos días antes había dirigido un mensaje a la nación para responder a la crisis de los combustibles, después de varios días sin encabezar públicamente la reacción gubernamental ante los bloqueos.
Arévalo también participó el 14 de septiembre, junto con la vicepresidenta Karin Herrera, en el solemne tedeum celebrado en la Catedral Metropolitana. La ceremonia fue presidida por el arzobispo metropolitano, Gonzalo de Villa, quien pidió paz y sabiduría para Guatemala y sus autoridades.

El presidente aprovechó las celebraciones para pronunciar un discurso centrado en los avances que atribuye a su administración. Habló de justicia, seguridad, educación, salud, infraestructura y programas para sustituir pisos de tierra por concreto en viviendas de familias pobres.

“El sol está saliendo para Guatemala”, afirmó Arévalo, quien defendió la renovación del Ministerio Público, el cierre de procesos que calificó como injustos y la recuperación gradual de las instituciones.
También reconoció que las transformaciones prometidas no están terminadas: “Sabemos que aún falta”.
Dos países en una misma celebración
Las imágenes oficiales mostraron una Guatemala unida alrededor de sus símbolos: niños con banderas, jóvenes uniformados, bandas musicales, funcionarios aplaudiendo y familias observando el paso de las delegaciones.
Pero detrás de esa postal aparecía otro país: el de los transportistas que aseguran que ya no pueden absorber el costo del diésel; el de las familias que temen nuevos incrementos en los alimentos y el transporte; el de los empresarios preocupados por la interrupción de las carreteras, y el de los ciudadanos que reclaman una respuesta más rápida y efectiva del Gobierno.
Las protestas de la semana anterior fueron impulsadas por sectores distintos. Los 48 Cantones de Totonicapán y autoridades indígenas de Sololá se movilizaron hacia la capital, mientras organizaciones de transporte pesado y extraurbano realizaron bloqueos o caravanas para exigir medidas contra el alza de los combustibles.
Algunos puntos terminaron en enfrentamientos, capturas, agentes heridos y vehículos incendiados. El Gobierno sostuvo que en determinados bloqueos participaron operadores políticos, pandilleros y estructuras vinculadas con el narcotráfico. Esas acusaciones, formuladas por el presidente, todavía requieren pruebas, identificación de responsables y actuaciones concretas del Ministerio Público.
La respuesta política fue la aprobación del Decreto 21-2026, que crea un fondo de Q2 mil 500 millones para mantener el galón de gasolina regular y diésel en Q39, y el de gasolina superior en Q41.
Sin embargo, el alivio continúa únicamente sobre el papel.
Una nueva batalla en el Congreso
La ley aprobada con 130 votos todavía no puede llegar al Ejecutivo porque el diputado Allan Rodríguez, de la bancada Vamos, presentó una objeción contra el decreto. El congresista argumenta que existen problemas de procedimiento, falta de transparencia, inconsistencias en la fijación de precios y dudas sobre la certeza jurídica.
La objeción debe ser conocida por el pleno antes de que el decreto pueda continuar su trámite. Debido al receso legislativo por las celebraciones de Independencia, el asunto podría quedar pendiente hasta el 22 de septiembre.
Mientras tanto, el presidente no puede sancionar la ley, el Diario de Centro América no puede publicarla y el Ministerio de Energía y Minas no puede aplicar los precios anunciados.
La demora anticipa una fuerte pugna política. El Gobierno acusa a Rodríguez de obstaculizar una medida urgente; el diputado sostiene que la población no quiere otro subsidio, sino una reducción de los impuestos que pesan sobre los combustibles.
El debate de fondo no será sencillo. El subsidio puede reducir temporalmente el precio pagado por los consumidores, pero compromete Q2 mil 500 millones de recursos públicos y no resuelve la vulnerabilidad del país frente a las variaciones internacionales del petróleo. La eliminación o reducción de impuestos, por otra parte, disminuiría ingresos destinados al Estado y obligaría a encontrar nuevas fuentes de financiamiento.
Tampoco existe certeza de que la ayuda pueda mantenerse si el precio internacional continúa aumentando. Por ello, el conflicto puede reactivarse aun cuando el decreto finalmente entre en vigor.
La encuesta que contradice el optimismo oficial
El discurso de Arévalo presentó a una Guatemala que comienza a salir de una larga noche institucional. Sin embargo, una medición regional publicada durante las celebraciones ofrece una lectura muy distinta sobre la percepción ciudadana.
El ranking de CB Global Data correspondiente a septiembre colocó al mandatario guatemalteco en el último lugar entre los presidentes evaluados en 18 países de América Latina. Arévalo obtuvo 28.2% de imagen positiva y 67.3% de percepción negativa. Su valoración favorable disminuyó 1.3 puntos respecto de agosto.
La medición es encabezada por la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, con 69% de imagen positiva. En los primeros lugares también aparecen Nayib Bukele, de El Salvador, y Abelardo de la Espriella, de Colombia.
Es necesario hacer una precisión: el estudio mide imagen presidencial y no sustituye las encuestas nacionales de aprobación, cuyas preguntas, muestras y metodologías pueden ser diferentes. Tampoco demuestra por sí mismo que las protestas por los combustibles sean la causa directa del deterioro.
No obstante, el dato resulta difícil de ignorar. El último lugar regional refleja un desgaste que coincide con las críticas por el estado de las carreteras, la inseguridad, la dificultad para ejecutar políticas públicas y la percepción de que el Gobierno tarda demasiado en reaccionar frente a las crisis.
Arévalo llegó al poder con una elevada expectativa de transformación institucional. Casi tres años después, una parte considerable de la población parece evaluar su administración no solamente por la lucha contra las estructuras de corrupción, sino por resultados cotidianos: precios, empleo, transporte, hospitales, escuelas, seguridad y carreteras.
La independencia más allá de los símbolos
Las celebraciones concluyeron con el arriamiento de la bandera en la Plaza de la Constitución. La Banda del Instituto Gómez Carrillo aportó la música y la quema de dos toritos cerró la jornada entre luces, pólvora y tradición.
La fiesta permitió recordar la firma del Acta de Independencia de Centroamérica, ocurrida el 15 de septiembre de 1821. También confirmó que, pese a las divisiones políticas, las tradiciones cívicas todavía poseen capacidad para convocar a miles de guatemaltecos.
Pero una independencia con sentido contemporáneo exige algo más que desfiles, antorchas y discursos. Implica instituciones capaces de responder, autoridades que rindan cuentas, carreteras transitables, justicia independiente y condiciones económicas que permitan a las familias vivir sin que cada incremento en los combustibles amenace su alimentación o su trabajo.
Guatemala celebró sus 205 años entre el sonido de las bandas y el ruido de la protesta. Arévalo aseguró que el sol está saliendo, pero una parte importante de la población continúa esperando que esa luz se traduzca en respuestas concretas.
Después de las banderas, las antorchas y los aplausos, el Gobierno regresará a una realidad menos ceremonial: negociar el subsidio, contener el malestar y recuperar una confianza ciudadana que, según las encuestas, se encuentra en su punto más bajo.