Pasó hace 205 años: Un camino largo y agitado… ¡INDEPENDENCIA!


Esta es la narración histórica del camino que tuvo que transitar la Capitanía General de Guatemala para lograr su independencia hace 205 años, en momentos convulsos en Europa, en donde la España imperial perdía poderío e influencia.  Esto se vivió en aquel entonces.


Redacción Crónica

El sábado 15 de septiembre de 1821, las campanas del Palacio Real en la Nueva Guatemala de la Asunción repicaban no para llamar a misa, sino para anunciar el quiebre definitivo con tres siglos de dominio español. Sin embargo, aquel acto formal plasmado en el histórico Real Palacio no fue un suceso repentino ni un destello de iluminación cortesana. Fue el punto de ebullición de más de una década de conspiraciones subterráneas, rebeliones indígenas y mestizas, tensiones económicas y una fractura irreconciliable entre la élite criolla y la Corona ibérica.

Para comprender cómo la Capitanía General de Guatemala —un territorio que abarcaba desde Chiapas hasta Costa Rica— decidió cortar sus amarras con España, es necesario desarmar el mito del 15 de septiembre como una fecha aislada y asomarse a las pasiones, miedos y estrategias que encendieron los brotes de agitación en todo el Reino.

PARTE I:

Primeros brotes de discordia (1811–1814)

A principios del siglo XIX, la España imperial se desmoronaba en Europa tras la invasión napoleónica de 1808. Mientras Fernando VII era hecho prisionero, al otro lado del Atlántico el descontento hervía. En el Reino de Guatemala, las Reformas Borbónicas de las décadas previas habían asfixiado económicamente a las provincias a través de impuestos abusivos y monopolios comerciales que beneficiaban exclusivamente a los grandes comerciantes del Consulado de Comercio capitalino.

La chispa de la rebelión no saltó en la sede del poder, sino en las provincias, donde el descontento fiscal y el desprecio hacia las autoridades peninsulares eran insostenibles.

San Salvador y el grito de 1811: El 5 de noviembre de 1811, la ciudad de San Salvador se levantó en armas. Liderados por los presbíteros Nicolás Aguilar y los hermanos Aguilar, junto a figuras como José Matías Delgado y Manuel José Arce, los criollos y mestizos locales arrestaron a las autoridades españolas y exigieron la destitución del intendente Antonio Gutiérrez y Ulloa. Aunque el Capitán General José de Bustamante y Guerra logró sofocar el movimiento mediante negociaciones y el envío de tropas desde Guatemala, el mensaje fue contundente: el Reino ya no era monolítico.

Las insurrecciones de Nicaragua (1811–1812)_ Un mes después de los sucesos de San Salvador, la agitación se trasladó a las provincias de León y Granada en Nicaragua. En diciembre de 1811, los leoneses derrocaron al intendente José Salvador. Días más tarde, en Granada, la rebelión tomó un cariz abiertamente popular y desafiante. Durante cuatro meses, la ciudad se mantuvo en rebeldía contra las fuerzas de la Capitanía. La respuesta de Bustamante y Guerra fue implacable: a pesar de las promesas de amnistía, los líderes rebeldes granadinos fueron encarcelados, degollados o enviados a prisiones en España.

San Miguel y los motines fiscales: Paralelamente, poblaciones como San Miguel y Santa Ana experimentaron asonadas campesinas e indígenas. Las demandas eran claras: abolición del tributo, eliminación del estanco del tabaco y destitución de los alcaldes mayores españoles.

PARTE II:

La Conspiración de Belén (1813)

Mientras las provincias se convulsionaban en las calles, en la propia capital del Reino se gestaba en la penumbra uno de los episodios más dramáticos de nuestra historia: la Conspiración de Belén.A finales de 1813, las órdenes monásticas y los sectores intelectuales de la ciudad de Guatemala se convirtieron en el motor del cambio ideológico. El prior del Convento de Belén, fray Juan de la Concepción, comenzó a organizar reuniones secretas disfrazadas de tertulias literarias y religiosas.

A estas citas clandestinas acudían las mentes más brillantes de la época: José Francisco Barrundia, brillante jurista y polemista liberal; Manuel Tot, líder indígena de las Verapaces que canalizaba el malestar de los pueblos originarios; Fray Tomás Ruiz, sacerdote e intelectual de origen indígena (náhuatl) procedente de Nicaragua, considerado uno de los primeros pensadores universitarios de la región; y oficiales militares como Venancio López y Julián Bedoya.

El plan maestro y la traición

El plan de los conjurados era audaz: en la noche del 21 de diciembre de 1813, un comando armado apresaría al Capitán General José de Bustamante y Guerra, apoderándose del armamento de la Capitanía, liberando a los presos políticos de Nicaragua y proclamando la independencia del Reino de Guatemala.

Sin embargo, el fantasma de la traición abortó la conspiración. El teniente de dragones Joaquín Yúdice, junto con el oficial teniente coronel José de Bustamante (homónimo del Capitán General), delataron el plan a las autoridades colonialistas a cambio de ascensos y recompensas.

En la madrugada del 21 de diciembre, la policía militar irrumpió en el Priorato de Belén y en las viviendas de los implicados. Seis de los conjurados fueron condenados a muerte por garrote vil —pena que luego fue conmutada por presidio perpetuo gracias a las presiones diplomáticas—, mientras que otros sufrieron penas de prisión y confiscación de bienes. La represión de Bustamante y Guerra instauró un régimen de terror e inquisición política que sofocó temporalmente las voces independientes, pero convirtió a los prisioneros en mártires de la causa republicana.

PARTE III:

La rebelión indígena de Atanasio Tzul (1820)

Uno de los capítulos con frecuencia relegados por la historiografía tradicional, pero de un valor sustancial para entender la crisis colonial, ocurrió en los Altos de Guatemala un año antes de la firma de la independencia.

En 1820, las Cortes de Cádiz restablecieron la Constitución Española de 1812, la cual abolía el pago de los tributos indígenas. Sin embargo, las autoridades coloniales locales continuaron cobrando estos impuestos de forma ilegal para mantener las arcas de la Real Hacienda.

Atanasio Tzul fue el líder indígena de totonicapán que encabezó en 1820 uno de los movimientos independentistas más sonados en la Capitanía General o Reino de Guatemala, como también se le conocía.

En Totonicapán, el líder k’iche’ Atanasio Tzul, junto a Lucas Aguilar y su esposa Felipa Soc, encabezaron una insurrección pacífica que pronto se convirtió en un levantamiento masivo. Tzul enfrentó al alcalde mayor y desconoció la autoridad del Rey de España basándose en el propio texto constitucional español.

Durante casi un mes, Totonicapán funcionó como un territorio libre e independiente. Atanasio Tzul fue coronado como rey indígena portando la corona de San José, mientras Lucas Aguilar asumió como presidente del gobierno local. La rebelión fue finalmente aplastada en agosto de 1820 por tropas coloniales enviadas desde Quetzaltenango, pero demostró que el poder colonial era incapaz de mantener el control social en el interior del país.

Atanasio Tzul fue aprehendido por las fuerzas coloniales enviadas por el comisionado Prudencio de Cózar el 3 de agosto de 1820. Se registra que fue víctima de castigos físicos (azotado públicamente durante nueve días) para escarmiento de la población. Luego fue trasladado y recluido en la cárcel de Quetzaltenango junto con su compañero de lucha Lucas Aguilar y más de 40 líderes k’iche’s implicados en la rebelión.

El 25 de enero de 1821, Tzul y los demás apresados solicitaron formalmente la gracia del indulto ante las autoridades españolas. Tras manifestaciones de apoyo populares en Totonicapán y en medio del debilitamiento del poder colonial previo a la firma de la Independencia, se les concedió el indulto y fue liberado el 1 de marzo de 1821.


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PARTE IV:

El día del rompimiento con España

Llegado el año 1821, el panorama geopolítico había cambiado radicalmente. En México, el Plan de Iguala y la alianza entre Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero consumaban la independencia novohispana. En Centroamérica, Chiapas declaró su anexión al imperio mexicano en agosto. El pánico cundió entre la élite aristocrática y comercial capitalina, encabezada por la familia Aycinena: si la independencia la hacían las clases populares mediante una revolución, ellos perderían todos sus privilegios.

El Capitán General para ese momento, Gabino Gaínza, un militar anciano y maleable, cedió a la presión de los patriotas liberales y de las élites locales para convocar a una junta de urgencia el 15 de septiembre de 1821.

La tensión en el Real Palacio

Desde las primeras horas de la mañana, el Real Palacio fue el escenario de un debate encendido. En el salón principal se reunieron cerca de 50 personalidades: miembros del Real Consulado de Comercio, la Iglesia católica, el Cabildo Eclesiástico, la Universidad de San Carlos y la Audiencia.

Dolores Bedoya de Molina fue la encargada de hacer que el pueblo presionara a favor de la independencia de España.

Las posturas estaban claramente divididas:

Los conservadores o «peninsulares»: Liderados por el arzobispo Ramón Casaus y Torres y el oidor José Cecilio del Valle, abogaban por postergar la decisión, esperar noticias de España o proceder con cautela.

Los republicanos y radicales: Liderados por Pedro Molina, José Francisco Barrundia y la figura descollante de Dolores Bedoya de Molina, exigían la firma inmediata de la independencia absoluta.

Presión de la calle y el Acta de Independencia

Mientras en el interior del palacio se extendían los discursos ambiguos, en los pasillos y en la plaza exterior la masa popular rugía. Dolores Bedoya, rompiendo con los cánones de la época que relegaban a la mujer de la vida política, contrató marimbas, quemó cohetes y movilizó a cientos de ciudadanos para llenar los patios del palacio. Los gritos de la muchedumbre pidiendo ¡Independencia o muerte! resonaban en las ventanas del salón de sesiones, intimidando a los votantes indecisos.

Finalmente, ante la inminencia de un levantamiento popular, prevaleció el voto a favor de la separación de España. Se encomendó la redacción del Acta de Independencia al sabio José Cecilio del Valle.

Es un detalle histórico de profundo valor analizar la ironía del texto: Del Valle, quien minutos antes se oponía a la proclamación inmediata, redactó un documento brillante pero cauteloso. En su célebre Numeral Primero, el Acta revela el verdadero temor de la élite de la época:

Que siendo la independencia del Gobierno Español la voluntad general del pueblo de Guatemala… el Señor Jefe Político la mande publicar para prevenir las consecuencias que serían temibles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo.

En otras palabras, la aristocracia guatemalteca declaró la independencia no por un arrebato republicano, sino para controlar el proceso y evitar que el pueblo tomara el poder por sus propias manos.

PARTE V:

Luces, sombras y el legado inacabado

El Acta del 15 de septiembre de 1821 firmó la separación formal de la Corona española, pero el camino institucional estaba lejos de estabilizarse. Apenas meses después, en enero de 1822, las mismas élites conservadoras promovieron la anexión de Centroamérica al efímero Imperio Mexicano de Agustín de Iturbide, desatando una guerra civil en las provincias de El Salvador y Nicaragua que rechazaban la tutoría mexicana.

No sería sino hasta el 1 de julio de 1823, tras la caída de Iturbide, cuando el Congreso General de las Provincias Unidas del Centro de América firmaría la Independencia Absoluta tanto de España como de México y de cualquier otra potencia extranjera.

Los hilos que unieron la historia

Al mirar atrás, el 15 de septiembre no puede entenderse sin la sangre derramada en Granada y San Salvador, las oraciones patrióticas en la celda del Convento de Belén, el grito de libertad k’iche’ en las frías tierras de Totonicapán y la diplomacia callejera de Dolores Bedoya.

La independencia de Guatemala no fue una concesión graciosa de la Corona ni un acuerdo pacífico entre caballeros de casaca; fue el resultado de un largo ciclo de tensiones sociales e ideales ilustrados que terminaron por moldear el nacimiento de la República. Un episodio histórico de contornos fascinantes que, más de dos siglos después, nos sigue invitando a reflexionar sobre el verdadero significado de la soberanía y la libertad.


La integración del primer Congreso
Arriba el Acta de la Independencia, redactada y firmada el 15 de septiembre de 1821.

Entre los 18 puntos del Acta de Independencia, del 2º al 6º sirvieron para ordenar la creación del primer Congreso y se fijo el camino para llevar a cabo el proceso.  Así manda aquella Acta histórica:

  • 2. Que desde luego e circulen oficios a las provincias por correos extraordinarios para sin demora alguna se sirvan proceder a elegir diputados representantes suyos, y éstos concurran a esta capital a formar el congreso que debe decidir el punto de independencia general y absoluta y fijar, en caso de acordarla, la forma de gobierno y ley fundamental que deba regir.
  • 3. Que para facilitar el nombramientos de diputados, se sirvan hacerlo las mismas juntas electorales de provincia que hicieran o debieron hacer las elecciones de los últimos diputados a cortes.
  • 4.Que el número de estos diputados sea en proporción de uno por cada quince mil individuos, sin excluir de la ciudadanía a los originarios de África.
  • 5.Que las mismas juntas electorales de provincia, teniendo presente los últimos censos, se sirvan determinar según esta base el número de diputados o representantes que deban elegir.
  • 6.Que en atención a la gravedad y urgencia del asunto se sirvan hacer las elecciones de modo que día primero de marzo del año próximo de 1882, estén reunidos en esta capital todos los diputados.

Firmaron el Acta de aquella efímera independencia los siguientes personajes: Gabino Gainza, Mariano de Beltranena, José Mariano Calderón, José Matías Delgado, Manuel Antonio Molina, Mariano de Larrave, Antonio de Rivera, José Antonio de Larrave, Isidoro del Valle y Castraciones, Mariano de Aycinena, Pedro de Arroyave, y Lorenzo de Romaña, secretario, y Domingo Diéguez, secretario.