- Barcelona ha ganado dos títulos consecutivos y busca su tercera Liga… pero eso no basta para el técnico alemán, que sigue con los ojos puestos en la UEFA Champions League.
Carlos María Salvado
El técnico alemán ha ganado cinco de los ocho títulos disputados en sus dos temporadas y conduce a un Barcelona que busca su tercera Liga consecutiva. Sin embargo, la Champions continúa siendo la frontera que separa a este equipo de una época verdaderamente histórica.
El Barcelona de Hansi Flick ya no es una promesa ni un proyecto en construcción. Es el equipo que manda en España, el campeón de las dos últimas Ligas y el adversario que ha obligado al Real Madrid a replantearse su rumbo deportivo. Pero el entrenador alemán sabe que el dominio doméstico, por contundente que resulte, no será suficiente para colocar a su equipo entre las grandes dinastías europeas.
La temporada 2026-2027 comienza, por tanto, con una doble misión: prolongar la hegemonía azulgrana en La Liga y conquistar una Champions que se ha convertido en la gran deuda de este nuevo Barcelona.
Flick ha ganado cinco de los ocho títulos que disputó desde su llegada en 2024: dos Ligas, dos Supercopas de España y una Copa del Rey. Además, triunfó en las tres finales que dirigió y construyó una superioridad especialmente dolorosa para el madridismo, porque varios de esos trofeos fueron conquistados directamente frente al Real Madrid. Ese rendimiento llevó al club a prolongar su contrato hasta junio de 2028, con opción de una temporada adicional.
En España, los números describen una autoridad difícil de discutir. El Barcelona terminó la pasada Liga con 94 puntos, revalidó el campeonato y convirtió a Flick nuevamente en el entrenador del año. Lamine Yamal, con 16 goles y 12 asistencias, fue elegido mejor jugador del torneo.
El dominio no se limitó a los resultados. El Barça fue el equipo que más remató —692 disparos— y tuvo una posesión media de 68.91 %, casi diez puntos por encima del Real Madrid. Son datos que revelan la identidad que Flick ha conseguido imponer: un equipo protagonista, agresivo, dispuesto a recuperar la pelota arriba y a atacar con muchos jugadores.

La construcción de una hegemonía
El reto inmediato es conquistar una tercera Liga consecutiva. Conseguirlo significaría algo más que agregar un trofeo a las vitrinas: confirmaría que el Barcelona ha vuelto a construir una estructura ganadora y estable después de varios años marcados por la crisis financiera, los cambios de entrenador y la pérdida progresiva de sus grandes referentes.
Flick ha recuperado la autoestima del barcelonismo. Lo hizo sin renunciar a la cantera, pero incorporando una intensidad física y una verticalidad que no siempre estuvieron presentes en las etapas anteriores. Su Barcelona puede controlar el partido mediante la posesión, pero también acelerar, presionar y atacar los espacios.
En el centro del proyecto se encuentra Lamine Yamal, convertido ya en la figura principal del equipo. A su alrededor aparece una generación formada por Pau Cubarsí, Pedri, Gavi, Fermín López y otros futbolistas jóvenes que dejaron de ser soluciones de emergencia para transformarse en la base competitiva del club.
La apuesta del Barcelona para la nueva temporada es ofrecerles más velocidad y profundidad. Anthony Gordon llegó procedente del Newcastle con contrato hasta 2031, mientras Karim Adeyemi fue contratado después de cerrar su etapa en el Borussia Dortmund con 36 goles y 25 asistencias en 146 partidos.
Ambos representan exactamente lo que busca Flick: delanteros rápidos, capaces de atacar la espalda de las defensas y de convertir una recuperación en campo contrario en una ocasión de gol. También permiten al técnico renovar un frente ofensivo que ha perdido piezas importantes y necesita encontrar una nueva referencia goleadora.
La salida de Ferran Torres al Paris Saint-Germain por una cifra cercana a los 50 millones de euros confirma que la transformación todavía está en marcha. Torres venía de aportar 21 goles y tres asistencias en 49 encuentros, por lo que su marcha proporciona alivio económico, pero también obliga a redistribuir una cantidad considerable de goles.
Europa, la medida definitiva
La Champions es el territorio en el que el proyecto de Flick todavía no ha podido completar su conquista.
En su primera temporada, el Barcelona llegó hasta las semifinales y quedó eliminado por el Inter después de una eliminatoria extraordinaria, abierta y dramática. El equipo marcó seis goles en los dos partidos, pero recibió siete. Aquella serie expuso las dos caras de su propuesta: un ataque capaz de someter a cualquiera y una defensa demasiado vulnerable cuando el rival superaba la primera presión.
La pasada campaña, el retroceso fue evidente. El Barcelona cayó en cuartos de final frente al Atlético de Madrid. Según el propio club, el equipo fue superior durante buena parte de la eliminatoria, pero la eficacia y la experiencia del conjunto de Diego Simeone terminaron decidiendo el enfrentamiento.
Dos eliminaciones diferentes dejaron una misma enseñanza: en Europa no basta con dominar, atacar y producir más ocasiones. También es necesario saber proteger los momentos de debilidad, administrar una ventaja y competir cuando el partido exige paciencia en lugar de vértigo.
Ese es probablemente el principal desafío táctico de Flick. Su defensa adelantada ha sido una herramienta formidable para encerrar a los adversarios, pero también puede convertirse en una invitación al contragolpe. En La Liga, la superioridad técnica del Barcelona suele permitirle corregir esos riesgos. En la Champions, ante equipos de máxima calidad, una pérdida mal cubierta o una mala lectura defensiva pueden decidir toda una temporada.
El propio entrenador lo reconoce. Al cerrar el último campeonato afirmó que las dos primeras temporadas habían sido exitosas, pero añadió que el sueño colectivo era ganar la Champions y que ese sería el objetivo del siguiente curso.
Flick conoce el camino. En 2020 condujo al Bayern de Múnich a un sextete histórico y conquistó la Champions con una propuesta basada precisamente en la presión alta, el ritmo ofensivo y una ambición casi permanente. Sin embargo, reproducir aquella hazaña en Barcelona exige encontrar un equilibrio que todavía no ha aparecido en las grandes noches europeas.
Una temporada que puede definir una época
El Barcelona iniciará la defensa del campeonato el 23 de agosto, como visitante ante el Elche. Su primer encuentro en el Camp Nou será cuatro días después frente al Athletic Club, dentro de un comienzo particular provocado por el descanso obligatorio concedido a los futbolistas que participaron en las últimas rondas del Mundial.
El calendario coloca al equipo ante una exigencia inmediata. Ya no contará con el beneficio de la sorpresa: todos conocen la presión de Flick, la altura de su defensa y la influencia de Lamine Yamal. Los rivales prepararán sus partidos para resistir la primera oleada y atacar los espacios que deja el Barcelona.
También deberá enfrentarse a un Real Madrid reorganizado y decidido a impedir el tricampeonato azulgrana. Para Flick, volver a superar al gran adversario español constituiría una demostración de continuidad. Pero el juicio definitivo llegará en Europa.
Una tercera Liga consecutiva consolidaría la hegemonía culé en España. La Champions, en cambio, transformaría esa hegemonía en una era.
Flick ha devuelto al Barcelona la confianza, el estilo ofensivo y la costumbre de ganar. Ahora debe llevarlo hasta el único lugar que todavía se le resiste: la cima de Europa. Allí se decidirá si este equipo fue simplemente el dominador de un ciclo español o el comienzo de una nueva dinastía azulgrana.
